Brasil

São Gabriel y sus demonios

Reportaje ganador del Premio Gabriel García Márquez 2016

Foto
(Ilustración: Feliciano Lana, artista de la etnia Desana).

Por Natalia Viana, de Agência Pública, con traducción de  Sabrina Duque.-

Reproducción textual y gráfica de la nota publicada en Agência Publica el 15 de mayo de 2015.

(Puedes leer aquí la nota original)

Hace poco más de dos meses que ella se fue, un día antes de su cumpleaños. Maria –vamos a llamarla así- cumpliría 20 años el 2 de marzo. Nadie diría que no era una indiecita como tantas que colorean las calles de São Gabriel da Cachoeira, municipio en el noroeste de Amazonas, a orillas del río Negro. Era bajita, los cabellos negros sobre los hombros, las ropas ajustadas, andaba en zapatillas. Pero María estaba ahí sólo de paso. En su entierro los parientes contaron que había venido de río abajo para pasar el periodo de vacaciones escolares, cuando centenas de indígenas de diversas etnias dejan sus aldeas y llenan la sede del municipio para resolver temas pendientes con la burocracia. Ahí en la ciudad, ella consiguió un enamorado, un militar, y pasaba los días con él, cuando no estaba entre amigos. Pero en los últimos días María andaba triste: la pareja había roto. Estaba rara, nerviosa. Sus parientes contaron que llegó a tener alucinaciones.

A sus padres les había parecido bueno el fin del amorío. Nadie llegó a conocer  de cerca al tal soldado. Nunca consiguieron ver su rostro porque, según contaron, cuando él venía al barrio de Dabaru, uno de los más pobres del municipio, donde la familia vivía en una especie de  pueblito con casas pegadas unas a las otras, él siempre se escondía en las sombras formadas por la parca iluminación. Tenía el rostro cubierto por las sombras de la noche. ¿Era blanco? ¿Era negro? ¿Era gente?

En la madrugada del sábado para domingo, día 1o de marzo, después de haber pasado la tarde y el comienzo de la noche con el hermano mayor y unos amigos bebiendo en la playa del río, María comenzó a transformarse para siempre. Estaba agresiva. Los ojos ya no eran los de ella, contó el hermano, se removían y cambiaban de color mientras ella gritaba que los padres no la querían, que él era el hijo favorito. El hermano hasta la arrastró de vuelta, pero, cuando llegaron a casa, sus padres no conseguían mirarla. En su lugar veían apenas algo oscuro, una sombra. Un ser de la oscuridad. El padre no pudo ni levantar la hamaca del pequeño cuarto que dividía con los hijos. Se quedó llorando, atónito. María entró al cuarto de al lado, tiró la puerta. No consiguieron abrirla, aunque no estaba cerrada. Por una rendija, vieron cuando amarró una cuerda y se ahorcó. Al momento siguiente la puerta finalmente se abrió. Ya estaba muerta.

María es la víctima más reciente de una tragedia asombrosa que se repite con trama semejante hace por lo menos diez años en São Gabriel da Cachoeira y que fue traducida a números por el Mapa de la Violencia 2014, de la Secretaría General de la Presidencia de la República. De acuerdo con el informe basado en datos del Sistema de Información de Mortalidad del Ministerio de Salud, São Gabriel posee el récord en las estadísticas de suicidio por habitante en los municipios brasileños. En 2012 fueron 51,2 suicidios por 100 mil habitantes –diez veces más que la media nacional. Eso corresponde a 20 personas que se mataron, aún más que el año anterior, cuando fueron 16 suicidios.

São Gabriel  es también el municipio más indígena de Brasil. Las 23 etnias que hace por lo menos 3 mil años ocupan las márgenes del río Negro y de sus afluentes corresponden a cerca del 76% de la población. Hoy los cerca de 42 mil habitantes se dividen entre el área urbana –ocupada a partir de las márgenes del río desde la fundación del fuerte São Gabriel por los portugueses, en 1761- y las centenas de comunidades esparcidas por el interior del bosque, algunas a dos o tres días de barco dentro del mayor mosaico de tierras indígenas del país, con 100 km2 de área.  Un territorio mayor que Portugal, donde viven los Baniwa, Kuripako, Dow, Hupda, Nadöb, Yuhupde, Baré, Warekena, Arapaso, Bará, Barasana, Desana, Karapanã, Kubeo, Makuna, Mirity-tapuya, Pira-tapuya, Siriano, Tariana, Tukano, Tuyuca, Wanana y Yanomami.

De un total de 73 muertes ocurridas entre 2008 y 2012, apenas cinco no fueron de indígenas, según el Mapa de la Violencia 2014. Entre los indígenas, 75% eran jóvenes, como Maria. Y muchos de los familiares y amigos cuentan que se suicidaron después de haber sido embrujados por seres de la oscuridad, por parientes muertos, o hasta por el mismo diablo, los cuales, llamándolos durante meses, al final los arrastran a la horca.

Pero quien llega a São Gabriel y pregunta en las calles, en los bares, en las iglesias va  a escuchar que los suicidios son un problema del pasado. Una crisis, un brote, listo, pasó, no se habla más de eso. Hace tiempo que el asunto no atrae a periodistas forasteros río arriba, con sus grabadores y sus preguntas. Fue una crisis, un brote, listo, acabó, no se habla más de eso. Es en el paso lento de los días que los relatos comienzan a aparecer. Y son muchos, en todo rincón.

Como el de don Zeferino, que puede ser encontrado sentado en el tronco de un árbol en el patio de tierra ocupado por dos casas –la de él y la de los hijos- en el distante barrio de Tiago Montalvo. De ojos pequeños marcados por la catarata, la espalda encorvada, a Zeferino Teles Lima  no le gusta hablar, pero el recuerdo del hijo Tiago no lo deja en paz. Mezclando la lengua Tukano con el poco portugués que sabe, el indio Tariano cuenta bajito que “piensa siempre… él trabajando en su huerta, trabajando en su casa, donde se había acostado.. he pensado mucho… estoy pensando aún, ¿no? Bravo no queda mucho, no… queda muy triste”. La imagen del hijo lo persigue día y noche, llamándolo. Para librarse de tanto pensamiento, Zeferino buscó las curas tradicionales de su pueblo. “Hicieron una bendición por mi voluntad. Si así no hubiera sido bendecido, ya había muerto, ya. Atrás de él, ¿no?”, dice. Después, buscó a un padre. “Porque no puedo con tristeza y está dando así. Ahí que padre lanzó bendiciendo para mí la cabeza. Ahí pasó un poquito ahora, está mejorando poco a poco”.

Según la familia, Tiago Lima murió el día 10 de abril de 2014 en la comunidad Nova Esperança, en el alto río Uaupés, en el interior del municipio. Estaba borracho. La comunidad se preparaba para la fiesta de Domingo de Ramos y Tiago no tuvo dificultad en encontrar a un comerciante dispuesto a venderle cachaça –la venta de bebidas alcohólicas está prohibida en tierras indígenas. Compró tres “carotezinhos”, botellitas de plástico, de 200 ml. Nadie vio cuando Tiago amarró la cuerda dentro de la casa, después de una pelea con el hermano, con quien estaba viviendo. El padre resume: “Él se enlazó”. En su lengua no existe la palabra “suicidio”.

 

Almerinda Ramos Lima, índia Tariana

No fue el primero  de la familia en enfermar. Dos primos de Tiago tentaron a la muerte repetidas veces en los últimos años. Del otro lado de la calle de tierra, la sobrina de Zeferino, Almerinda Ramos de Lima, cuenta esa historia sin alterar la voz, mientras organiza el almuerzo de familia en la casa del padre, cercada por la hija, el nieto, algunos hermanos, las sobrinas, sacando jugo del açaí. Almerinda fue la primera mujer en asumir la presidencia de la Foirn, la Federación de las Organizaciones Indígenas del Río Negro, que reúne a diversos pueblos de la región. “Mi madre dijo así, un día van a acabar ahorcándose”, suspira. El hermano Melquior, de 38 años, intentó ahorcarse dos veces. La primera fue en 2010, por causa de una pelea con la esposa. La cuerda se reventó. Un año después, volvió a intentar el suicidio, después de que el padre le llamó la atención por estar borracho. “Papá comenzó a echarle bronca, y él dijo: ‘Ah, ya que soy yo quien está equivocado, ya que estoy haciendo esas cosas erradas, entonces prefiero matarme, prefiero morir’. Entonces eso hizo. Suerte suya que la rama se quebró”. El otro hermano, Ivo, de 35  años, también fue atrás de la cuerda, después de una pelea conyugal. “Creo que el diablo no quiso llevarlos aún, por eso no murieron”, dice Almerinda.

 

Sin registro oficial

 

La aflicción de la familia de Almerinda no está registrada en ningún lugar. El único registro que existe sobre intentos de suicidio en la región es hecho por el Distrito Sanitario Especial Indígena de Río Negro (DSEI/RN), órgano del gobierno federal responsable por cuidar de la salud de los indios que viven en aldeas, subordinado al Ministerio de Salud. El distrito no hace seguimiento ni registra casos que ocurrieron en el área urbana. Y entre los indios  que viven en aldeas los números registrados son irrisorios. Según los datos enviados por el DSEI a Agencia Pública, hubo apenas un intento de suicidio relatado en 2014. El año anterior, fueron registrados siete intentos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), por cada suicidio efectuado hay por lo menos diez intentos.

“Las personas están alarmadas, no saben qué hacer, y eso no se ve en los informes. Hay muchos intentos de suicidio, pero eso no aparece en los números oficiales”, dice Aloízio Cabalzar, antropólogo del Instituto Socioambiental (ISA) que hace 25 años trabaja en las comunidades Tukano, Tuiuka y Dessana del río Tiquié, un afluente del río Negro en el  extremo noroeste del Amazonas. En esos años, por lo menos diez conocidos de él se suicidaron, calcula: “Viví mucho eso. El suicidio siempre ocurrió, pero como algo atípico. Ahora la cosa está mucho más presente, mucho más frecuente. Las personas están con miedo, las familias tienen miedo de que sus hijos se maten. Porque fueron muchos jóvenes, en torno a los 20 años”.

La única certeza entre las familias del alto Tiquié es que los ahorcamientos comenzaron en la ciudad de São Gabriel, y no en las aldeas. “Hay un poco esa idea de que la enfermedad, en general, por la propia historia de contacto con los blancos, viene siempre subiendo por el río en sentido de la desembocadura, en el Amazonas. El suicidio, también, es una enfermedad contagiosa que está llegando a las comunidades venida de São Gabriel”, dice el antropólogo.

Los suicidios rio-negrinos se insertan en un alarmante contexto nacional: en 2010, los indígenas representaban 0,4% de la población brasileña, pero respondían por el 1% de los suicidios. El caso más notorio es el de los Guarani-Kaiowá de Mato Grosso do Sul. Según el Consejo Misionero Indigenista (CIMI), entre 2000 y 2013 hubo 684 muertes por suicidio entre ellos -73 casos apenas en 2013. El Mapa de la Violencia registra en Mato Grosso do Sul 19,9% de los suicidios indígenas –siete veces más de lo que era de esperar en una población correspondiente al 2,9% del total. Una “verdadera situación pandémica de suicidio entre los jóvenes indígenas”, destaca el informe.

Diferentemente de los Guarani-Kaiowá en Mato Grosso do Sul, no hay grandes conflictos de tierra en el noroeste amazónico, aunque muchas áreas aún estén en proceso de demarcación. La cultura indígena prevalece en el municipio de São Gabriel, gracias a la organización de la Foirn. Es la única ciudad brasileña que tiene cuatro lenguas oficiales: además del portugués, el Tukano, el Baniwa y el Nhengatu, o lengua general impuesta por los jesuitas en el siglo 17 y hasta hoy predominante entre ciertas etnias. Un caso único en el país, entre 2008 y 2012 llegó a tener alcalde y vice-alcalde indígenas –el titular Tariana y el vice Baniwa. Gran parte de las familias de las comunidades pasa temporadas en la casa de parientes en la ciudad, una “extensión” de las familias que viven en aldeas, manteniendo casi siempre una “huerta” en algún terreno más alejado, donde las mujeres siguen plantando yuca, chile, maíz y piña.

A lo largo de los siglos, el suicidio siempre causó malestar, por ser inexplicable, inaceptable, una muerte mal vista. Y no es diferente con los indígenas. Raramente se habla sobre los muertos o se cuentan con detalles las circunstancias de un suicidio. Es por eso que Valéria Magalhães, psicóloga del DSEI/RN, se impresionó tanto con el relato de la familia de Maria, transcrito al comienzo de este reportaje. “Es muy difícil que ellos cuenten cómo ocurrió, y ese día, no sé si es porque era muy reciente, el día del entierro, la familia describió que ellos vieron que ella tenía un ser de la oscuridad cerca. Ahí ese ser la encarnó e hizo que se matara. No fue ella quien se mató, fue ese ser de la oscuridad, que ya venía acompañándola hacía un tiempo. Ellos contándome eso ahí, con tanta certeza que no les dejaba duda. Aquella muerte iba a ocurrir. No tenían cómo evitarlo”, cuenta la psicóloga, que ahora hace voluntariamente un acompañamiento a la familia. “No tiene sentido decirles: ‘Eso es una autosugestión, usted no lo está viendo. Es su verdad la que importa, no la mía. Y lo que ellos están viviendo es eso”.

 

Continúa en página 2: São Gabriel y sus muertes

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Publicado el domingo 21 de mayo, 2017 a las 9:33 | RSS 2.0.
Última actualización el jueves 25 de mayo, 2017 a las 11:33

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