Capítulo 8: Dos Guatemalas

El pasado agosto, una corte guatemalteca declaró culpables de asesinato y violación de los derechos humanos a tres ex soldados del escuadrón de Dos Erres. Recibieron sentencias de 6,060 años de prisión, equivalente a treinta años por cada una de las 201 victimas, más treinta por crímenes de ‘lesa humanidad’.

La corte condenó y sentenció al coronel Carías, el ex teniente y comandante local que ayudó a planear y encubrir el asalto, por los mismos crímenes. También recibió seis años adicionales por el saqueo a la aldea.

Hace dos meses otra corte de Guatemala sentenció a 6,060 años de cárcel a Pimentel, el ex-instructor de la Escuela de las Américas quien fue arrestado y deportado por agentes de ICE en California. Durante el juicio, los fiscales incluyeron la historia de Óscar por primera vez, añadiendo la prueba de ADN como evidencia.

La fiscal general Paz y Paz dijo que las condenas sentaron un mensaje sin precedentes.

“Es muy importante por la gravedad de los hechos”, dijo en una entrevista. “Antes, parecía imposible”.

El caso de ninguna manera queda cerrado. Siete sospechosos continúan prófugos, incluyendo dos altos mandos del escuadrón. Las autoridades piensan que pueden estar en los Estados Unidos o en Guatemala, protegidos por poderosos nexos con el ejército y el crimen organizado.

Presidente Otto Pérez Molina (Foto: AFP).

Las condenas han provocado resentimientos. Los críticos alegan que el enfoque de la izquierda en casos de derechos humanos está lejos de la realidad. La mayoría de los guatemaltecos menores de 30 años están más preocupados por la inseguridad, la pobreza y el desempleo, según el reciente presidente electo Otto Pérez Molina, un ex general y miembro, en un momento, de la escuela Kaibil.

Cuando se trata de perseguir las atrocidades, el presidente sigue una estrecha línea. El hombre de 61 años hizo su campaña electoral con una plataforma de mano dura contra el crimen. Pérez Molina jugó un papel importante durante las negociaciones de paz en los años noventa.  Desde entonces ha tratado mantener el perfil de un militar moderado. Tras una incertidumbre inicial acerca de sus intenciones, expresó su apoyo a la fiscal general Paz y Paz, y al equipo especial de la ONU encargado de investigar la corrupción.

Por otro lado, Pérez Molina acusa a la izquierda de exagerar los abusos por parte del ejército y de perder de vista el contexto histórico de las atrocidades. Sostiene que Guatemala, como el resto de Centroamérica, tiene retos más inmediatos.

“Hay casos emblemáticos, como Dos Erres”, mencionó Pérez Molina en una entrevista. “Creo que las cortes son las que se deben encargar de dar respuestas. Los casos emblemáticos deben conocerse, pero no es el camino o la ruta que debe seguir Guatemala, al estancarse en estas peleas en los tribunales”.

Centroamérica se ha convertido en la primera línea en la guerra contra el narcotráfico al sur de México. La administración de Obama está luchando contra el crecimiento de las mafias en Guatemala, Honduras y El Salvador por el tráfico de cocaína y de migrantes. Los ataques amenazan con rebasar la región. La taza de 38 homicidios por cada 100 mil habitantes en Guatemala es casi diez veces la de EUA.  Se combina con una tasa de impunidad de 96 por ciento. Los números en Honduras y El Salvador son peores.

En respuesta, Pérez Molina, busca una cooperación regional y apoyo de EUA, así como una mayor participación del ejército. Cree que se deben desplegar fuerzas Kaibiles en misiones quirúrgicas contra el crimen, algo opuesto al combate frontal que lleva a cabo México contra los cárteles.

Los legisladores norteamericanos y activistas de derechos humanos están preocupados por la entrada de militares en la guerra contra las drogas, especialmente los Kaibiles.  Podría significar nuevos abusos contra civiles. Sin embargo, Pérez Molina dice que las críticas se quedaron atadas al pasado. “Pensar que el ejército en el 2012 es el mismo que existió en los setenta u ochenta, es un gran error”, dice.

Los militares insisten que las fuerzas armadas se han reformado. Niega acusaciones de que altos mandos han interferido en las investigaciones, como el caso de Dos Erres.

Los investigadores siguen creyendo que el ejército –o facciones del mismo—aún están jugando un rol siniestro.

Días después del veredicto del caso Dos Erres, un auto se acercó a Peccerelli mientras conducía con un antropólogo norteamericano en Ciudad de Guatemala. Un hombre en el otro coche se asomó por la ventana y acuchilló un neumático de Peccerelli. Temiendo una emboscada, este huyó a toda velocidad.

Algunos días más tarde, una carta amenazante llegó a casa de su hermana. Describía los movimientos recientes de Peccerelli cuyo trabajo como forense dio evidencia clave durante el proceso de Dos Erres.  Prometía venganza por las sentencias dictadas.

“Por tu culpa, los nuestros van a sufrir”, decía la nota. “El neumático no fue nada. La próxima vez será tu cara. Hijo de puta, los tenemos vigilados a todos, a tus hijos, tus coches, tu casa, escuelas…Cuando menos te lo esperes, morirás. Entonces, revolucionarios, tu ADN no servirá para nada”.

La fiscalía dice que las amenazas no los detendrán.

“Estamos haciendo esto, justamente para que no haya dos Guatemalas”, dijo la fiscal Paz y Paz.  “Para que no haya una Guatemala con acceso a la justicia y otra donde los ciudadanos no tengan ese acceso”.

Óscar conoce hoy las dos Guatemalas. Aún intenta de entender que significa todo esto. Dos Erres fue una de las 600 masacres durante la guerra. El patrón recurrente en el mapa: Mujeres violadas, niños masacrados, poblaciones enteras borradas. Óscar está listo para testificar en futuros juicios.

“Para mí, sí, es importante investigar Dos Erres porque estoy conectado a esto”, dijo. “Probablemente si no me hubiera sucedido a mí, habría dicho “Mira la violencia en Guatemala hoy, esos otros temas ya son algo pasado”.

“Antes pensaba que la guerrilla y el ejército se mataban entre sí durante la guerra. Pero no sabía que masacraban a gente inocente. Imagino que hay una conexión entre la violencia del pasado y la del presente. Si no agarran a esta gente, seguirá extendiéndose. La gente hace lo que quiere”.

El padre de Óscar no hace mucha introspección política. Su nueva misión es conocer a su hijo en persona. Peccerelli y la activista Farfán planean llevarlo a los Estados Unidos pronto. La espera lo tiene ansioso. Aún sufre problemas con el alcohol y a veces también con su memoria.

Hay cosas que no ha olvidado. Durante una conversación en Ciudad de Guatemala, Castañeda hizo una petición repentina.

“¿Puedo dar los nombres de mis hijos?”, preguntó.

Recitó la lista: Esther, Etelvina, Enma, Maribel, Luz Antonio, César, Odilia, Rosalba…

Y Alfredo, el menor, ahora conocido como Óscar.

“Creo que es mi deber mencionarlos porque eran mis hijos”, dice el padre. “De los nueve, uno sigue vivo. Todos los demás han muerto”.


(*) Con reportes por Habiba Nosheen, especial para ProPublica, y Brian Reed, This American Life.

Traduccion y edición: Arturo García Arellano y Marta Gómez-Rodulfo

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Publicado el viernes 25 de mayo, 2012 a las 22:31 | RSS 2.0.
Última actualización el miércoles 06 de junio, 2012 a las 18:19

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