La última reunión

Domingo Laíno, histórico miembro del Partido Liberal.

De regreso en el palacio, a principios de la tarde, el entrar y salir era constante y el clima, de incredulidad. El día anterior, Fernando Lugo había comunicado ya a la nación que se sometería al impeachment. Domingo Laíno, histórico miembro del Partido Liberal, recuerda que intentó orquestar una reacción más fuerte contra lo que llama un golpe montado por su propio partido. “Yo no soy Allende”, le respondió el Presidente.

Muchos defendían la resistencia, inclusive algunos sectores del Ejército paraguayo. Poco antes de las dos de la tarde, Lugo, todavía presidente, convocó a los jefes militares. Se reunieron brevemente el comandante del Ejército, Adalberto Garcete; el comandante de la Armada, almirante Benítez Frommer; el comandante de la Fuerza Aérea, Miguel Christ Jacobs; y el jefe del Gabinete Militar de la Presidencia, general Ángel Alcibiades Vallovera.

Discutieron la posibilidad de publicar un comunicado de las Fuerzas Armadas declarando su lealtad al comandante en jefe, el Presidente. Después de una rápida discusión, la propuesta fue abandonada. “Lugo dijo desde el inicio que no resistiría”, contó a Pública el general Adalberto Garcete. Al final de la reunión, según fuentes militares, el Presidente decretó: “Yo soy un mártir de la Historia”.

Los tres comandantes permanecieron en el palacio, aguardando la orden de retirada –que tardó en ser dada. Mientras estaban allí, los buscó el canciller de Venezuela, Nicolás Maduro. El encuentro, que no duró más que algunos minutos, ocasionaría una investigación del Ministerio Público en los primeros días del nuevo gobierno, respecto de una supuesta tentativa del venezolano de incitar un golpe.

Con gran alboroto, la prensa nacional e internacional acusó a Maduro de sugerir una sublevación militar.

Interrogados por la Fiscalía, órgano investigador del Paraguay, los comandantes del Ejército y de la Armada lo negaron; Miguel Christ Jacobs, entonces comandante de la Fuerza Aérea, lo confirmó. Dos meses después fue nombrado Comandante de las Fuerzas Armadas. Los otros dos aguardan pacientemente en sus casas: fueron transferidos a la reserva poco después de prestar testimonio.

La posibilidad de una reacción, fuese política o militar, fue también tema de la última reunión de gabinete de Lugo aquella tarde. Estaban todos los ministros, incluyendo a los liberales, los asesores jurídicos y los secretarios.

Según los relatos, Lugo evaluó las posibilidades que se presentaban, oyendo mucho, en su estilo vacilante que le valiera tantas críticas durante todo su gobierno. Recordó que no habría respaldo internacional a una resistencia armada. Una vez asumiera el nuevo gobierno, sería fácil desmovilizar a los sectores del ejército, que tendrían que someterse al nuevo comandante en jefe, Federico Franco. Abatido, Lugo se resignaba. “Por mi formación, académica, espiritual, estoy contra todo tipo de violencia. La historia política de Paraguay siempre fue violenta”, apunta él en la tercera entrevista con Pública, dos meses después de aquella tarde. “Creo que pasaré a la historia como alguien que ejerció una presidencia dentro del marco pacífico, en todos los sentidos, y que no incitamos a ningún tipo de violencia, viniese de donde viniese”.

Otra opción sería renunciar –hubo un pedido oficial de la Iglesia, a través de la Conferencia Episcopal Paraguaya, para que Lugo lo hiciera para “evitar un derramamiento de sangre”. El ex obispo se negó. Dos meses después, la Iglesia pidió disculpas. “Todo el tiempo Lugo dijo que no quería un derramamiento de sangre, que teníamos que entregar el gobierno organizadamente”, dice la ministra de Salud, Esperanza Martínez. “Dijo que no huiría o pediría asilo, que se quedaría en el país a resistir por todos los medios posibles”.

Al final de la reunión, Fernando Lugo asistió por televisión a la votación del fin de su gobierno. Cuando llegó a 30 votos, el quórum necesario, mantuvo un silencio sepulcral. “Tenía cara de pena”, cuenta el fotógrafo presidencial Rafael Urzúa.

“Vimos la votación por la televisión, y cuando terminó la destitución, dijimos: ‘Presidente, nos vamos, porque no queremos estar cuando asuma Franco’”, recuerda el canciller Timerman. “La Argentina ofrece asilo a quien lo solicite”, dijo.

En la plaza, los manifestantes rodearon la radio para oír el conteo. “La gente se abrazaba alrededor del parlante. Hasta que llegaron a 30 votos… Ahí creo que comenzamos a cantar Patria Querida. Y llorábamos”, recuerda Katia María.

Pocos minutos después, comenzaron a estallar los gases lacrimógenos. “Quedé muy impresionada porque nunca lo había vivido. Una amiga me agarró y me tiró, sentí el olor del gas y comencé a correr”. En la corrida, derrumbaron las vallas de metal, llegaron hasta la escalinata delante de la catedral de Asunción. Allí se reunió gran parte de los manifestantes durante la noche.

Las puertas de la catedral estaban cerradas.

Al caer la noche, los asistentes de Lugo comenzaron calmadamente a retirar sus pertenencias del Palacio. Muchos ministros ya habían partido. El ex presidente había grabado, poco antes, un comunicado oficial en el que negaba legitimidad al juicio político, pero dejaba en claro que lo acataría. Federico Franco asumió poco después.

“Ver allí a los ayudantes del Presidente sacando las cosas, las despedidas, ver al Presidente diciendo adiós al personal del Palacio, los asesores de seguridad… Fumar un último cigarrillo en la baranda, mirando para el Río Paraguay… Y ver, en la sala, al Presidente viendo el final por televisión… Fue muy triste”, recuerda el ex ministro de Función Pública, José Tomás Sánchez.

Fernando Lugo y Miguel López Perito, entonces jefe del Gabinete de la Presidencia.

En la plaza, la multitud se dispersaba. Dos meses después, en entrevista con Pública, la voz del jefe de Gabinete de la Presidencia, López Perito, tenido como el hombre fuerte de Lugo, aún se quiebra en el recuerdo. “La gente esperaba que el Presidente no aceptase… Y después vino la desilusión cuando les dijimos allí, en la plaza, se tienen que ir porque el Presidente va a entregar el gobierno”, dice.

“Me sentí muy mal. Parecía todo muy absurdo, que se perdiese el gobierno de esa manera tan miserable. Sentí que les fallamos”.

A las seis de la tarde, recuerda Timerman, los cancilleres partieron en dirección al aeropuerto. “Nos abrazamos y nos fuimos. Había poca gente en las calles”.

 

 

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Publicado el lunes 10 de diciembre, 2012 a las 15:51 | RSS 2.0.
Última actualización el lunes 08 de septiembre, 2014 a las 19:07

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Un comentario

  1. Pablo dice:

    El tirano Stroessner debe estar riéndose en tumba. No cabe duda que dejó escuela. En la historia de América Latina es bien sabido que el Paraguay, bajo el régimen de don Alfredo, se convirtió en el país del contrabando y de contrabandistas. Esta práctica, según parece, no ha ha desaparecido.

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