Columna de Reporteros

Gustavo Gorriti, director de IDL-Reporteros (Foto: Ronald Martínez Pancevic).

Crónica de mi secuestro*

Cada aniversario del golpe de Estado del 5 de abril de 1992 luego del derrocamiento del fujimorato, suele visitar los mismos lugares de la reflexión y el recuerdo. Pese a que la evidencia histórica es clara, el debate se mantiene turbio y los intentos por secuestrar la verdad y hacerla rehén de la propaganda continúan.

Por eso, no quiero reescribir ahora las memorias marcadas por el tiempo sino rescatar la crónica viva de esos hechos tal cual me tocó vivirlos y reportarlos en el momento.

En el orden de esta nota, verán primero parte de las declaraciones que hice en una apresurada conferencia de prensa en mi casa menos de una hora después de llegar a ella luego de mi liberación, el 7 de abril. Tenía puesta todavía la ropa con la que fui secuestrado, menos los pasadores de las zapatillas, que no me fueron devueltos.

 

 


(Fuente: Univisión. Camarógrafo: Gilberto Hume).

 

Luego, podrán leer la crónica que escribí, con el cierre de edición encima, para El País de España, apenas terminó la conferencia de prensa. Es uno de los despachos que he escrito con más rapidez, dado que –por el horario adelantado en España– ya había pasado la hora de cierre. En ese tiempo (¡solo 25 años atrás!) tenía que leer la nota por teléfono a una dactilógrafa puesto que eso resultaba mucho más rápido que el fax y el correo electrónico recién estaba dejando de ser futurología. Hubo que hacerlo con tanta rapidez que la muy hábil dactilógrafa cometió un par de errores que corrijo ahora en la transcripción (aunque pueden leer el original aquí).

Como sucede con toda crónica hecha a vuelatecla, contra el tiempo y el espacio, hay cosas que no se dijeron, pero, con la experiencia inmediata hecha relato, la frescura del recuerdo reportado convierte este despacho, tal como lo sentí entonces y siento ahora, en la mejor crónica de mi secuestro.

Aquí está:

 

 

Viaje a las cárceles del ingeniero

 

Eran cerca de las cuatro de la mañana del lunes 6 de abril y yo me preparaba para escribir una nota sobre el golpe de estado del ingeniero Fujimori y el fin de la democracia en Perú, cuando sonó el timbre de la puerta. Yo sabía que se habían producido varios arrestos de forma simultánea al discurso de Fujimori. Y además sabía que el asesor principal de Fujimori, Vladimiro Montesinos, una persona cuyos paralelos más cercanos son Noriega, de Panamá y López Rega, de Argentina, buscaba la ocasión de desquitarse de una serie que publiqué sobre él en la revista Caretas de 1983 que le hicieron huir del país, escapando de las autoridades judiciales. Ahora, en las primeras horas de una dictadura, el desquite debe haberle parecido posible.El timbre de la puerta volvió a sonar. Mis perros, Cerbero, un mastín español; y Simba, una fila brasileña, ladraron con furia.

Me acerqué a la puerta y pregunté quién era. Una voz tensa y que quería parecer tranquilizadora me dijo que eran de la policía, de Seguridad del Estado, y que querían hablar conmigo un momento. Les dije que esperaran, corrí hacia el teléfono y llamé a una persona que sabía despierta para informarle de que la policía me llevaba, que difundiera todo lo posible la noticia.

Los timbrazos se habían convertido en patadas; y los perros, con los pelos erizados, pugnaban por salir de su encierro. Decidí mantenerlos encerrados, viendo que no era prudente resistirse.

Levanté la vista del teléfono y vi a varios individuos armados con fusiles automáticos, uno o dos, en posición de disparo. La misma persona que había hablado del otro lado de la puerta me saludó desde el otro lado de una metralleta HK con silenciador. “Queremos que nos acompañe para hablar con usted”, dijo. “Tome asiento y hablamos”, le contesté. Me dijo que iba por las buenas o por las malas. En eso, se abrió la puerta del garaje y 10 o 12 sujetos de civil, armados con la HK y pistolas, irrumpieron. Tenían el típico porte de oficiales del Ejército; y ahí me di cuenta de que eso de policías era una impostura. Se trataba de operativos del Servicio de Inteligencia del Ejército y del Nacional, que suelen hacer juntos sus trabajos clandestinos.

 

Querían mi computadora

 

Quisieron entrar con violencia en la casa y mi esposa y yo nos opusimos. Les grité que si venían a asesinar que lo hicieran de una vez. El oficial del primer grupo intervino y dijo que estuviera tranquilo: sólo me querían a mí y a mi computadora.

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Ver mi ordenador y su disco duro en las manos de un matón con metralleta fue muy poco agradable. Menos lo fue besar rápido a mis hijas dormidas y abrazar a mi esposa. Hay muchas cosas que decir entonces, y no se pueden decir.

Al salir, vi el vehículo que me esperaba: una camioneta Cherokee, sin matrícula, con lunas oscuras, de las donadas recientemente por la CIA al Servicio de Inteligencia Nacional y del Ejército, y me di cuenta de que las cosas eran graves. En los alrededores 40 o 50 soldados uniformados que habían rodeado la manzana regresaron a sus camiones.

Peor fue cuando la camioneta se dirigió hacia la extensa área que ocupa el Cuartel General del Ejército, en Monterrico. Entró por una puerta trasera con los cristales levantados, sin permitirle siquiera al oficial de centinela ver el interior. La camioneta aparcó en un área deshabitada, y me llevaron a través de corredores oscuros hasta un ala de pequeñas habitaciones. Ahí me pusieron en manos de otro grupo, los carceleros.

Éstos me depositaron en un cuarto pequeño y bastante sucio, con un baño aún más sucio al lado, y cerraron la puerta con varios candados. Estaba secuestrado. Mi arresto había sido clandestino y mi paradero era secreto. Supe entonces que cualquier cosa, aun de las más monstruosas, podía suceder. Después de años de cubrir la guerra interna en Perú conocía de sobra los horrores que suelen seguir a la detención-desaparición.

Decidí resistir pasivamente, no cooperando en nada, e iniciando de inmediato una huelga de hambre. Luego, me propuse dormir lo menos posible, a intervalos irregulares, para que siempre me encontraran alerta. Me mantuve activo caminando a paso vivo por la celda hora tras hora. Me prohibí pensamientos esperanzadores. En momentos como ése la esperanza es dañina.

 

Horas decisivas

 

Durante el día sólo llegaron una vez dos interrogadores para pedirme la clave del disco duro de mi ordenador. Cuando me negué a entregarla, mencionaron otros métodos menos gratos, y se fueron.

Llegó la noche, y dormí un par de veces media hora para prepararme para la hora usual de los interrogatorios, entre las 11 y las tres de la madrugada. A las 0.30 horas sentí que llegaba un automóvil. Sonido de botas en el pasillo y la puerta del calabozo se abrió. Un oficial con tres guardaespaldas armados con la ubicua HK me dijo que lo siguiera. “¿Dónde?”, pregunté. “No se preocupe”, contestó, “ya lo verá cuando lleguemos”.

En otra camioneta con cristales ahumados marchamos por Lima. Al fin, cuando vi que nos acercábamos al local de Seguridad del Estado, sentí alivio. Sin una palabra, los militares me transfirieron a la policía. Mi detención había sido reconocida, estaba a salvo. Nunca creí que iba a sentir alivio de ser detenido por la policía, y cuando en un calabozo me encontré con 18 periodistas de la radio detenidos esa noche supe que el peligro había pasado.

Desde el momento en que me arrestaron mi esposa llamó a todo aquel que pudiera hacer algo. A las ocho de la mañana, cuatro horas después de la detención, el embajador de España, Nabor García, llegó a mi casa y empezó de inmediato una intensísima gestión en nombre de su Gobierno sobre el de Fujimori. Luego la embajada de Estados Unidos, y muchas organizaciones periodísticas y de derechos humanos se sumaron.

Al empezar la tarde Nabor García había logrado que el ministro de Defensa, Óscar Malca, reconociera mi detención, y que se dispusiera mi traslado a la policía, donde a las pocas horas se me dejó en libertad.

* Este artículo apareció en la edición impresa de El País el Miércoles, 8 de abril de 1992.

 

Confrontación

Finalmente, está también una parte del vídeo de la primera conferencia de prensa que dio Fujimori después del golpe de Estado, el 8 de abril de 1992, en Palacio de Gobierno. Lo acompañaba su entonces canciller y después longevo fugitivo de la justicia, Augusto Blacker. Pedí la palabra, vieron solo mi mano, me la dio Fujimori, me paré y le dije lo que pueden ver aquí, incluida su respuesta.

 

 

Y aquí se corta la crónica con el registro directo de los hechos. Lo que vino después fueron meses muy duros. Sobre ellos no hay registro comparable ni crónica tampoco. Su recuerdo, sin embargo, permanece vivo y claro, porque fueron quizá más intensos y reveladores que los días del golpe. Si la vida me da tiempo trataré de escribir, espero que más temprano que tarde, esa crónica.

 

(*) Esta nota fue publicada originalmente el 05 de abril de 2017.

Publicado el viernes 05 de abril, 2019 a las 16:24 | RSS 2.0.

Un comentario

  1. Miguel Rocha dice:

    ¡Histórico! Nunca había leído su crónica, de tan sólo leer se me escarapela la piel.

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Web por: Frederick Corazao

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