Columna de reporteros

Gustavo Gorriti, director de IDL-Reporteros (Foto: Christian Osés).

Gustavo Gorriti, director de IDL-Reporteros (Foto: Ronald Martínez Pancevic​).

Reproducción de la columna ‘Las palabras’ publicada en la edición 2377 de la revista ‘Caretas’.

La necedad y el odio

De los varios pensamientos memorables que escuché a Hubert Lanssiers, hay uno, quizá no el mejor, que he recordado una y otra vez. En una entrevista que le hice en junio de 1987 terminamos hablando sobre fanáticos inteligentes y fanáticos estúpidos.

Lanssiers, ese sacerdote lúcido y valiente, mordaz pero bondadoso y severo dijo lo que anoté de inmediato y recordé desde entonces.

«A mí una cosa que me resulta muy cansadora –dijo Hubert– es luchar contra la imbecilidad. Tú puedes luchar contra la maldad, que tiene una cierta lógica, pero contra la necedad es imposible. El tipo está cerrado, sin grietas, sin fallas».

Como habíamos abordado varios temas, ese pensamiento cerró aquel asunto por el día, que luego no se volvió a hablar.

Así, la obvia pregunta quedó pendiente: si luchar contra la imbecilidad es imposible, ¿hay que resignarse frente a ella y cederle el uso de los áridos territorios del prejuicio y la cretina certeza?

Por supuesto que no.

Cuando la estupidez y la maldad se encuentran, la química que las combina es lenta pero si no se la controla, puede ser tremendamente dañina y frecuentemente letal.

Por eso, las expresiones del congresista Rubén Condori, citando admirativamente frases de odio a los judíos del panfleto Mi Lucha, de Adolf Hitler, para justificar su voto contra la Unión Civil, no deben desestimarse como la mera incoherencia de alguien que habitualmente se extravía en el camino del sujeto al predicado, sino como lo que es: una incitación al odio racial para justificar, en este caso, el prejuicio y la intolerancia contra los homosexuales.

Condori, como recuerda Nelson Manrique en una nota publicada en La República este martes 17, fue sancionado por el Congreso por haber votado en suplantación fraudulenta de Rosa Mavila en agosto de 2012. La sanción fue apenas una amonestación pública y la multa de siete días de su sueldo.

Aquella demostración de deshonestidad parlamentaria en ejercicio mereció apenas un castigo leve por parte de sus colegas. Quizá porque no hubo resultados ni víctimas y porque su obvia torpeza pudo hasta ser considerada como atenuante.

Ahora, en cambio, por incoherente y necia que suene, la declaración de Condori sigue el camino de muchas otras que, a lo largo de la Historia y lo corto de los hechos recientes, han provocado estallidos de odio irracional y violencia cuyo resultado ha sido la muerte de millones de personas.

Condori citó admirativamente las declaraciones hitlerianas de odio a los judíos en una entrevista radial. En Ruanda, en la última década del siglo pasado, las calumnias raciales de hutus contra tutsis, lanzadas también por la radio, desembocaron en un desborde salvaje de violencia que llevó a cientos de miles de personas a la muerte, en un tiempo relativamente corto.

Los pogromos, las persecuciones, las matanzas raciales no han sido, por lo general, perpetradas por personas educadas (aunque ha habido, por cierto, muchos casos en los que fue así), sino por gente ignorante o embrutecida, espoleada por el prejuicio, la codicia y el odio a priori a quien es diferente.

Pero que un congresista de la República justifique su conducta con una mención elogiosa al antisemitismo hitleriano no solo representa la incitación al crimen de odio racial, sino también una infamante contaminación al Congreso entero si sus miembros no deslindan ejemplarmente en torno al caso.

"En el Congreso deberían saber que así como hay ignorancias inexcusables hay estupideces inexcusables también".

El panfleto Mi Lucha [Mein Kampf], que Condori admiró, fue la principal justificación intelectual del genocidio que exterminó a seis millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Esos seis millones fueron un décimo de las sesenta millones de personas –la mayoría civiles, muchos miembros de etnias como los gitanos y otros grupos humanos perseguidos– que murieron en la guerra causada por la fijación maligna de Adolf Hitler en el odio racial.

Pero esos seis millones de judíos exterminados en cámaras de gas y crematorios masivos, fueron un tercio de todos los judíos del mundo. Uno de cada tres murió en los campos de concentración. No hubo casi familia judía en la tierra que no quedara marcada por el duelo de perder – ¡y en medio de cuánto dolor, de qué infinita tragedia!– seres queridos a manos de la bestia nazi.

Desde entonces y para siempre, el genocidio que estuvo a punto de exterminar al pueblo judío es y será recordado como la Shoah, el Holocausto, el evento más trágico en la Historia, que jamás debe olvidarse para que jamás pueda repetirse.

La guerra contra el nazismo y sus aliados destruyó Europa y asoló buena parte de Asia, con niveles de violencia y destrucción que resulta difícil siquiera imaginar. Los victimarios sufrieron también terribles castigos en su ruta a la derrota. Por eso, la lección que las democracias aprendieron marcadas por el fuego y la angustia de una guerra que por largo tiempo tuvo un destino incierto, fue que la incitación al odio racial debe ser temprana y firmemente reprimida por todas las naciones consagradas a la democracia, la libertad de sus ciudadanos y la tolerancia de sus diferencias. Para ser tolerante hay que saber ser firme.

Por eso, ¿va a tolerar el Congreso sin pestañear la apología hitleriana de uno de sus miembros? ¿Le restarán importancia al caso mencionando la estupidez como excusa? ¿En el Congreso? Saben bien, o deberían saber, que así como hay ignorancias inexcusables hay estupideces inexcusables también.

Publicado el jueves 19 de marzo, 2015 a las 12:42 | RSS 2.0.
Última actualización el miércoles 25 de marzo, 2015 a las 11:40

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Web por: Frederick Corazao

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