Columna de reporteros

Gustavo Gorriti, director de IDL-Reporteros (Foto: Christian Osés).

Reproducción de la columna ‘Las palabras’ publicada en la edición 2332 de la revista ‘Caretas’.

Clarividencia en la Historia

Los números sugieren que este es realmente un buen tiempo para ser un bribón. No lo dijo un jefe policial abrumado ni un ministro del Interior en un extraño arrebato de sinceridad, sino el moderador de un foro internacional que analizó el debilitamiento global del periodismo de investigación.

Cuando uno ve la cantidad de jóvenes ilusionados en el momento de la graduación, soñando un futuro esperanzado bajo la precaria armadura de la toga y el birrete, se hace inevitable preguntarse: ¿saben ellos algo que uno ignora o más bien se trata de jóvenes que creyeron aprender a informar sin informarse de la crisis profunda que atrapa su profesión?

Persisten las visiones optimistas del periodismo, y algunas (pocas pero suficientes) no mienten. Pero los números tampoco. Y ellos dicen que:

• El año pasado, en Estados Unidos, la consultora CareerCast calificó al periodismo de prensa escrita como el peor trabajo en el mercado laboral estadounidense.

• Según el Pew Research Journalism Project, el número total de periodistas empleados en salas de redacción en Estados Unidos cayó de 55 mil en el 2006 a 38 mil en 2012: 30% de bajas en seis años.

Esa cifra marcó la discusión en el foro del comienzo de esta nota: El Skoll World Forum, en Oxford. El debate se centró en torno a la pregunta: ¿Por qué no hay más alarma entre la gente por esa abismal caída en el número de periodistas que cubren noticias e investigan abusos y corrupciones?

El moderador del Foro, Alberto Ibargüen, presidente de la Fundación Knight, sugirió entonces que la sangría de periodistas abría una temporada espléndida para los corruptos.

En el artículo que publicó sobre el encuentro, Bill Buzenberg, director del Center for Public Integrity, mencionó la explicación que dio Raney Aronson-Rath, productora de Frontline.

La corrupción no muestra la cara, dijo Aronson-Rath. La gente no tiene idea de la información oculta de crucial importancia que deja de conocer. No ven, en consecuencia, los efectos corrosivos de lo que han dejado de saber, pero cuyos efectos sin duda sufrirán.

Un ejército virtuoso en retirada, que combate bajo el comando de ineptos generales en terrenos y posiciones desfavorables, sufriendo bajas devastadoras: ese es más o menos el escenario que enfrenta hoy el periodismo.

Todos sabemos que el desenlace peor no debe permitirse.

La pregunta es cómo. Y lo que hasta ahora se ve es poco e insuficiente.

Cuando el futuro se presenta ominoso, la búsqueda de respuestas suele encontrarse en el pasado. Usar la Historia como fuente de clarividencia apareja todos los riesgos propios de la adivinación, pero la hace por lo menos adivinación informada.

Ciento quince años atrás, desde fines del siglo XIX y comienzos del XX, se inició en Estados Unidos la Progressive Era, una etapa extraordinaria en la historia de ese país en el que el gigantesco crecimiento previo de la revolución industrial, la inmigración masiva y la ampliación de fronteras, dio paso a una notable sucesión de reformas que formaron en buena medida el rostro actual de esa nación.

Los objetivos centrales de las reformas progresistas fueron controlar, limitar y regular el desmesurado poder de los monopolios; revelar la corrupción de las maquinarias políticas; reformar las pésimas condiciones laborales y sanitarias; proteger y conservar el patrimonio natural; establecer sistemas de impuestos acordes con los ingresos.

Pese a que las reformas llevaron a cabo en medio de pugnas y confrontaciones, no quebraron el sistema.

Como describe la historiadora Doris Kearns Goodwin, en un libro extenso y fascinante, que me temo no ha sido traducido aún al español (The Bully Pulpit: Theodore Roosevelt, William Howard Taft, and the Golden Age of Journalism), el motor de esas reformas fue la inédita colaboración entre un reformista vigoroso y avasallador, aunque moderado: el presidente Theodore Roosevelt; con un grupo extraordinario de periodistas de investigación, sobre todo cuatro de ellos, agrupados en la revista McClure’s: Ida Tarbell, Lincoln Steffens, Ray Stannard Baker y William Allen White.

Casi todos ellos tenían una relación de cercanía y amistad con Theodore Roosevelt antes que este llegara a la presidencia. Aislado frente al poder de los grandes plutócratas y de las maquinarias políticas, Roosevelt decidió apelar directamente al gran público, a través de la prensa.

Así, especialmente durante el período 1903-1906 hubo una colaboración personal y profesional (que no afectó la fuerza investigativa de los periodistas) entre Roosevelt y las estrellas de McClure’s.

El resultado fue como anota Goodwin, “una serie de exposés que revelaron la trama invisible de corrupción que unía la política con los negocios”. Suena muy actual, ¿verdad?

Samuel McClure, en perpetua caza de talentos e historias, dio a los periodistas no solo el tiempo sino los medios para llevar a cabo investigaciones meticulosas, intensas, presentadas luego en el lenguaje llano y directo pero de apasionante narrativa que precisaban las seriales.

En 1903, McClure’s publicó una serie de 15 artículos mensuales sobre el gran oligopolio energético de entonces, la Standard Oil, de John D. Rockefeller, investigados y escritos por Ida Tarbell. La revista calculó que la composición de cada capítulo costó 4 mil dólares, que era entonces un buen sueldo anual. Pero el éxito fue extraordinario y base de las medidas antimonopolio que limitaron y regularon a la Standard Oil.

La investigación de Baker sobre el imperio financiero de J.P. Morgan, quien entonces no era un logo sino un plutócrata de carne, hueso, fuerza y maña – uno de los hombres más poderosos del mundo –, ayudó a Roosevelt a imponer el conjunto de medidas reguladoras que afirmaron la predominancia y el control del Gobierno sobre los oligopolios. Fue un proceso difícil que sin el trabajo profundo de los periodistas de investigación, que revelaron y pusieron en conocimiento del público realidades hasta entonces ignoradas, probablemente no hubiera podido lograrse.

La “edad de oro” del periodismo investigativo tuvo su apogeo entre 1903 y 1906. Ese año cambiaron muchas cosas.

"La “edad de oro” del periodismo investigativo tuvo su apogeo entre 1903 y 1906. Ese año cambiaron muchas cosas".

Roosevelt, elegido presidente en 1904, sintió dos años después, que el ímpetu de la prensa independiente se había desbocado. Junto con McClure’s había una serie de competidores centrados también en la revelación y la denuncia. Algunos buenos, otros sensacionalistas y, por supuesto, el inevitable periodismo amarillo.

Roosevelt decidió atacar a algunos de sus antiguos aliados. En un discurso en club Gridiron, en marzo de 1906, Roosevelt tomó una imagen del “Progreso del Peregrino”, de John Bunyan, la del “hombre con el rastrillo para estiércol” (Muck-rake), que no puede mirar a otra dirección que no sea abajo.

Ese Muckraker, dijo, representa el tipo de personas que rechaza contemplar lo noble y solo se fija en lo vil y degradante.

Aunque, según Goodwin y otros, el objetivo de Roosevelt fue la cadena Hearst, el discurso se sintió como un ataque al periodismo de investigación en general, cuyo efecto de “excitación e indignación en la opinión pública” facilitaba, según el presidente, “la propaganda socialista”.

Ese mismo año se fracturó la revista McClure’s en una pugna interna y salieron de ella casi todos sus mejores valores. Aún tuvieron largas e interesantes trayectorias, pero ya había terminado la era dorada, de magníficas investigaciones que condujeron a reformas trascendentales en su país. Esa era que llevó a un historiador, Richard Hofstadter a decir que “la mentalidad de la [era] Progresiva fue … una mentalidad periodística”.

Aún al atacarlo, Theodore Roosevelt hizo otra contribución duradera al periodismo de investigación. El apelativo de “muckraker” fue adoptado orgullosamente por los periodistas investigadores en esa generación y las que la siguieron que, rastrillo en mano, saben que la sociedad no será nunca libre o sana sino limpian el estiércol con que la infectan los corruptos. Lograr que una sociedad no se convierta en los establos de Augías, es, después de todo, una misión ilustre y elevada♦

Publicado el miércoles 30 de abril, 2014 a las 15:52 | RSS 2.0.

2 comentarios

  1. rubém tupayachi dice:

    ¿Y qué pasa cuando la prensa se lleva bien con un presidente corrupto? Sólo se observa en la televisión o diarios sus entrevistas o sus críticas a opositores.

  2. FERNANDO RINCON BAZO dice:

    El periodismo de investigación auténtico es honesto e indispensable para mantener una Democracia… o recuperarla…

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