Columna de reporteros

Gustavo Gorriti, director de IDL-Reporteros (Foto: Christian Osés)

Reproducción de la columna ‘Las palabras’ publicada en la edición 2293 de la revista ‘Caretas’.

 

Límites de lo pragmático

 

El desamor político no es quizá tan íntimo como el que congela y seca a las parejas, pero hay un cierto parecido entre ese quiebre de afectos con el triste ciclo que va de los entusiasmos arrebatados en los cierres de campaña, cuando el triunfo se avizora, hasta las grises decepciones de un tiempo después.

Le ha tocado al presidente Humala sufrir ahora la decepción del segundo año, la desilusión y el rechazo de la gente y creo que eso le afecta más a él que a sus predecesores, aunque esté comparativamente mejor en la resbalada estadística que la que tuvieron en el mismo lapso Toledo y García.

Aunque la aprobación nacional de Humala es baja (35.9% según la encuesta de CPI), ella compara favorablemente con los desplomes que sufrieron García y Toledo. En julio de 2008, la aprobación de Alan García era de 20.3% (siempre según CPI), y la de Alejandro Toledo de apenas 14.1%.

Para cualquiera de los dos, García o Toledo, haber tenido una aprobación superior al 30% al terminar su segundo año de mandato, hubiera sido nada menos que triunfal.

Sin embargo, tengo la impresión de que Humala sufre más por ese clavado estadístico que sus dos predecesores.

Para Toledo, la precariedad es una constante de vida y sospecho que la multitud de veces en las que se ha encontrado al filo del abismo le creó una especie de adicción a esos episodios de incierto equilibrio sobre el filo de la navaja: el síndrome de la cornisa, que atrapa a este ‘accidente de la estadística’.

“Tengo la impresión de que Humala sufre más por ese clavado estadístico que sus dos predecesores”.

En el caso de García, en 2008, el mensaje razonablemente socialdemócrata de su campaña había sido reemplazado por su nueva doctrina: el perro del hortelano. Cuando la política toma residencia en la perrera, deja de importar, en verdad, la opinión pública, pues el ejercicio de gobierno se convierte en el arte de administrar la jauría. García es un hombre muy plástico, que cambia de opiniones y morfologías con facilidad, y no se sabe todavía el repertorio con el que actuará el 2016. Pero sin duda se escuchará ladridos.

A Humala, en cambio, le importa más, creo, la opinión pública, quizá porque buena parte de su actividad política inicial fue vinculada con objetivos autoritarios, donde el discurso se hacía arenga, por entrecortada que fuera, y el diálogo se convertía en órdenes. Luego de su derrota el 2006, Humala inició un proceso de cambio que lo llevó del autoritarismo a una práctica democrática.

Yo he visto pocos casos de un esfuerzo tan sostenido como el del presidente Humala por demostrar a interlocutores suspicaces su voluntad democrática. Si uno lee en los wikileaks los diálogos del entonces candidato Huamala con los diplomáticos de Estados Unidos, verá la persistencia con la que busca acercar relaciones con los gringos, pese a que estos le habían cancelado la visa.

Las burocracias suelen ser lentas, y pese a que, luego de su victoria electoral, la embajada de Estados Unidos le entregó una nueva visa al presidente electo, no se modificó de inmediato la prohibición de ingreso a Estados Unidos. Así, cuando Humala hizo su primer viaje a ese país, junto con su entonces primer ministro designado, Salomón Lerner, fue detenido en Miami por el servicio de inmigración. Solo después de varias llamadas de Lerner y profusas disculpas estadounidenses, Humala pudo proseguir viaje, tomando con humor el contratiempo. Imaginen cómo hubiera reaccionado Rafael Correa.

Lo frecuente es ver a líderes políticos tolerantes y democráticos en campaña, que una vez en el poder desarrollan comportamientos autoritarios. El caso de Humala ha sido el opuesto y no sin costo: la relación con su familia paterna, por ejemplo, ha sufrido fisuras y fracturas.

El peruano promedio suele ser más pesimista que la mayoría de sus pares latinoamericanos. En ese medio, Humala mantuvo una popularidad respetable durante sus dos primeros años, pese a fricciones partidarias y al rompimiento con algunos de sus antiguos aliados. Su esposa, Nadine, se proyectó con éxito al comienzo como la dedicada compañera del presidente y como una multiplicadora de gestión. Solo a partir de la ofensiva en contra de la supuesta ‘reelección conyugal’, la notable ventaja comparativa que significó el protagonismo de Nadine en el primer año y medio, se convirtió paulatinamente en una vulnerabilidad que el gobierno no supo manejar.

Dieciocho puntos de caída en la aprobación pública en apenas tres meses, no es poca cosa. Sobre todo para un presidente que invirtió tanto esfuerzo en demostrar una vocación democrática.

La razón principal de ese rápido desamor es una de las que debe doler más. El 69% lo desaprueba ahora porque “no cumple lo que promete [porque] es mentiroso”.

Alguien que invirtió un señalado esfuerzo en el cambio de la dureza autoritaria a la democracia y la tolerancia, y que sufrió en el proceso fracturas familiares y alejamiento de aliados, padece más por la pérdida de apoyo popular que en otros casos. La caída en uno de esos bolsones de aire estadísticos puede hacer crujir estructuras que no habrían sido sustantivamente afectadas en casos como los de Toledo o García.

¿Por qué sucedió esta brusca caída? Porque este gobierno, aparte de haber tomado decisiones de dirección de gobierno básicamente correctas, no ha tenido ni tiene manejo político estratégico o táctico. Su estilo ha sido el de dar respuestas pragmáticas a los problemas o preguntas que se presentan.

Lo pragmático tiene límites, si el presidente no dispone de la mínima burocracia experta de consejeros y funcionarios que le de el apoyo informativo, analítico y legal para enfrentar problemas presentes y prever con solvencia los futuros. Creo que la falta de eso ha llevado a decisiones mediocres, mal meditadas, poco inteligentes, que luego de desembocar en crisis y provocar un recule no por desdoroso menos obligado, dejaron la impresión de un gobierno débil, poco competente y mentiroso.

Para que esa percepción no termine correspondiendo a la realidad, y evitar eventos no solo vergonzosos sino peligrosos como el de la ‘repartija’, creo que el presidente debe ahora reorganizar su propia oficina para robustecer su capacidad de manejo, previsión, control y respuesta. Y mucho mejor hacerlo ahora que después de otro resbalón♦

Publicado el jueves 25 de julio, 2013 a las 17:30 | RSS 2.0.

Un comentario

  1. tomas tafur pizango dice:

    Las promesas incumplidas y la falta de interes para resolver problemas esta pasando la factura a ollanta humala, por ejemplo prometió cumplir las sentencias judiciales con autoridad de cosa juzgada que ordenan homologar los sueldos del personal civil de las FFAA, sin embargo,no acepta una cita para hablar con él, sabe que el ministro de defensa es incompetente para este tema, no toma medidas para hacer cumplir la constitución, las leyes y sentencias judiciales, como corresponde en un Estado de Derecho.

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