El golpe de la piedra en Costa Rica; lavados y tumbes panameños


Tumaco, Colombia. Jóvenes tumaqueños actúan en una obra de teatro sobre la violencia en el estado de Nariño, una de las zonas más violentas de Colombia. Este año van 176 muertos solo en Tumaco y miles de desaparecidos en la última década.

El problema de los mercados locales descose también las costuras de Costa Rica. El país evitó los conflictos bélicos que tumbaron a sus hermanos del norte en los años ochenta y actualmente es el único de la zona que carece de ejército. La Suiza centroamericana confía en sus instituciones civiles aunque ahora anda algo revuelta por el repunte de una delincuencia a la que no se acostumbra.

De hecho, el último Latinobarómetro, divulgado el pasado mayo, mostraba que el 66% de los costarricenses cree que vivir en su país es cada día más inseguro –mientras que solo el 62% de los hondureños opina lo mismo del suyo, siendo Honduras el país más violento del mundo, con una tasa de homicidios nueve veces mayor que la del país vecino-.

Mauricio Boraschi, zar antidrogas de Costa Rica, nos explicaba el fenómeno una tarde lluviosa en su despacho de San José. La piedra, decía, te vuelve violento; “yo he visto vender  a una madre por la piedra”. Boraschi se refería a la piedra de crack, un derivado barato de la cocaína que genera una gran dependencia y actitudes agresivas.

En las calles de la capital, el precio de una piedra de crack varía de los 500 a los mil colones -uno o dos dólares-. Se trata, como decía Boraschi, de una droga barata y letal: “Ocho segundos para subir y bajar; luego quieres más”.

Boraschi y otros funcionarios del Gobierno insistieron, sin embargo, en que el crack es solo el último nudo de una maraña compleja. Costa Rica, decían, se está convirtiendo en un enorme refrigerador. Grupos mexicanos vinculados a los cárteles de Sinaloa y el Golfo “enfrían” grandes cantidades de coca en el país y preparan desde allí sus envíos al norte. De igual manera, montañas de dinero en efectivo esperaban su blanqueo y repartición en bodegas por todo el país.

San Pedro Sula, Honduras. Los vecinos de la colonia Planeta cargan un cadáver para llevarlo al Servicio Médico Forense. En muchas ocasiones, los familiares de los asesinados se niegan a entregar el cadáver a las autoridades y lo entierran en cementerios clandestinos.

Incluso el mercado financiero de Centroamérica sufre el acoso de los grupos criminales. Llegamos a Panamá pensando en blanqueo de activos. Nos habían hablado de los edificios lavadora, inmuebles cuya utilidad principal radica en disimular la procedencia ilícita de grandes cantidades de dinero.

Pasamos la primera noche mirando decenas de torres enormes en Ciudad de Panamá. Señalábamos las que tenían demasiadas luces apagadas –“seguro que esa es una lavadora”-. Los expertos con los que hablamos posteriormente nos dijeron que sí, que había mucho lavado disfrazado en la construcción, pero que las cosas habían cambiado. Ni Miguel Rodríguez Orejuela (preso en Estados Unidos) ni ningún otro narco, aclaró una de nuestras fuentes, volaba ya a Panamá cargado de dólares que blanquear -aunque entrevistamos a un preso colombiano que cumplía condena por haber comprado una isla con dinero ilícito-. Lo que ignorábamos al principio es que en los bajos de esas enormes torres se libraba una guerra fría entre bandas criminales.

El inspector de policía Gilberto Glenn nos explicó un día el enorme problema que habían tenido en Panamá con los tumbadores -tumbar es robar droga en el argot criminal-. Hacía seis años, contaba, un tipo llamado Viteri declaraba ante el juez que tumbar no era un delito, que no estaba tipificado en el código penal y que por tanto nadie podía decirle nada –salvo los narcos perjudicados-. Lo peor, decía Glenn, es que tenía razón.

Bandas de tumbadores como la de Viteri guerreaban entre sí apoyándose en pandillas juveniles. La lógica de las pandillas en Panamá difiere totalmente de la que manejan las del triángulo norte. Los tumbadores emplean a los pandilleros de sicarios y su objetivo, desde un principio, ha sido puramente mercantil: nada de letras ni de barrios, solo dinero.  Glenn insistía en que ahora, al menos, la policía sabe cómo actuar y que han logrado apaciguar los ánimos un tanto; el tumbe igual no era delito -como decía Viteri-, pero sí cualquiera de sus consecuencias –posesión o tráfico-.

Claro que la situación puede tensarse de nuevo. No en vano, la Policía estimaba en 2011 la existencia de 350 bandas de tumbadores en el país.

Tecún Umán, Guatemala. Uno de los mayores pasos fronterizos entre México y Guatemala es el Río Suchiate. Miles de personas cruzan la frontera en estas balsas. Esta es una de las zonas de mayor contrabando y tráfico de personas en Guatemala.

El Carmen, Guatemala. Tres personas cargan mercancía en la frontera legal de El Carmen, en el departamento de San Marcos. Cada día los bultos cruzan de Guatemala a México a pocos metros de la valla, desde donde los oficiales observan impasibles.

 

***

 

Epílogo en Kimbiri

Durante nuestra última noche en el VRAE compartimos unas cervezas con un vecino de Kimbiri. Mientras le contábamos esta historia, el hombre se sorprendía de la violencia que había desatado el narcotráfico en otras latitudes. Él, aseguraba, vivía muy tranquilo siempre y cuando no se metiera en los asuntos de otros.

La misma impresión compartía un cocalero que nos había llevado a visitar las dos hectáreas de su chacra esa mañana. Decía que él vendía su producción y que no hacía preguntas. En lo alto del cerro, le preguntamos por los cocineros, los poceros, por quienes convierten la coca en cocaína. Nos señaló un punto lejano entre las montañas:

– Esos están allá arriba- nos dijo como si aquello fuera una realidad desconocida para él.

También le contamos esto al vecino de Kimbiri.

-¡Noo!-, exclamó, – sí aquí todos pocean

Kimbiri, Perú. Cocales.


Pages: 1 2 3 4 5

Publicado el viernes 23 de noviembre, 2012 a las 20:49 | RSS 2.0.
Última actualización el lunes 08 de septiembre, 2014 a las 19:21

Notas relacionadas

Un comentario

  1. […] Para leer el texto completo pincha aquí. […]

Deje un comentario

Web por: Frederick Corazao

Untitled Document