Las maras, el ‘hermano Juan’ y la frontera con los Zetas

En el Salvador, el segundo país más violento del planeta (salvo las naciones en guerra), aún sin ser una ruta tan transitada, se repite el esquema de barrios enteros controlados por las pandillas, que desde hace años manejan el microtráfico y la extorsión. Cuando visitamos el país por segunda vez, la MS-13 y el Barrio 18 acababan de sellar una tregua. Los asesinatos descendieron de 15 a 5 diarios. Pero en las zonas donde el asfalto da paso a la terracería y el paisaje lo dominan casas de techos de zinc, las maras siguen siendo la autoridad. En barrios como Majucla, a las afueras de la capital, donde nos reunimos con media docena de ex pandilleros,  la señora con un puesto de verduras en la esquina paga en especies; el hombre que reparte el gas contribuye con 100 dólares. Y a todas las rutas de autobuses les exigen una cuota.

Pulgarcito esta lleno de historias en las que adolescentes con poco que perder, muchos de ellos huérfanos o exiliados por la guerra que devastó el país en los 80, dieron el paso a las pandillas. Fueron los precursores del gran poder que han acumulado las maras. Buscaban ser alguien, tener una identidad y una familia. Un poco de dinero que echarse a los bolsillos. Para ello, se envolvieron en la macabra lógica de eliminar al rival para ganarse el respeto.

La extorsión siempre ha sido su principal fuente de ingresos. Se han dado algunos casos, sin embargo, en los que pandilleros se han convertido en narcotraficantes. Incluso un informe policial desvela como en 2009 40 integrantes de la MS-13 viajaron a Guatemala para recibir adiestramiento del cartel mexicano de Los Zetas.

La expansión del ex brazo armado del cartel del Golfo era lo que estaba en boca de todo el que hablaba de narcotráfico en Guatemala. Las matanzas que había perpetrado en los últimos años, como la de 2011 en la que mataron a 27 campesinos en el Petén, el departamento más grande y desolado del país, habían creado una especie de psicosis. Nosotros visitamos San Marcos, último bastión del negocio tradicional. En este departamento fronterizo con México todavía existe la figura del padrino, un hombre querido y temido a la vez que llega a donde no llega el Estado. Él cubre necesidades básicas como el empleo y la sanidad. En sus fincas trabajan muchos de los vecinos, las señoras acuden a él en busca de un consejo o una donación para subsistir. Hasta el año pasado ese hombre era Juan Ortiz “Chamalé”. Autoproclamado pastor evangélico, al “hermano Juanito”, se le han dedicado narcocorridos al más puro estilo de los grandes traficantes mexicanos.

Malacatán, Guatemala. Juan Ortiz “Chamalé” fue el amo y señor del departamento de San Marcos, en Guatemala. El año pasado fue detenido y pedido en extradición por Estados Unidos. Esta es una de sus mansiones, conocida como El Castillo.

Por el “hermano Juanito”, marcharon los vecinos un año después de su detención para que liberaran al tipo “noble en quien se encontraba siempre un amigo y una sonrisa franca”, como lo describía una de las canciones en su honor. Era la encarnación de un estado paralelo. Con todo, cada vez que alguien era asesinado, que se encontraba un laboratorio, el rumor apuntaba a Los Zetas.

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En la ruta del triángulo norte, San Marcos fue esa rara excepción en la que en tierra de narcos uno podía salir al atardecer a disfrutar un ceviche en el parque o a tomar una copa por la noche. Eso si, la gente circulaba en vehículos con las lunas tintadas y casi nadie, ni un periodista secuestrado por narcotraficantes, ni siquiera un sargento del Ejército, quería hablar de tráfico de drogas. Para los habitantes de San Marcos parecía que la situación no estaba tan mal. Resulta comprensible en una región -Guatemala, El Salvador y Honduras- en la que, según la ONU, si la violencia continúa en parecidos  términos, en los próximos años morirá asesinado uno de cada 50 hombres antes de los 31 años.

 

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Publicado el viernes 23 de noviembre, 2012 a las 20:49 | RSS 2.0.
Última actualización el lunes 08 de septiembre, 2014 a las 19:21

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