A contravía por la ruta de la droga

Tres periodistas, dos españoles y una mexicana, recorren Latinoamérica de norte a sur, encuentran y reportan la devastación social que produce el crimen organizado

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Escena cotidiana en San Pedro Sula, Honduras. El cadáver en la fotografía estuvo alrededor de cinco días en una bolsa de plástico. Cada año, unos 300 cadáveres anónimos son reclamados y se creman después de tres meses en el Servicio Médico Forense.

Por Pablo Ferri y José Luis Pardo.

Fotos: Alejandra S. Inzunza.-

Kimbiri, Perú.- Una madre y sus cinco niños se afanan un sábado en secar varias arrobas de hoja de coca en la orilla de la carretera, en las proximidades de Kepashiato. La señora nos hace señas para que paremos. Su hija pequeña, de dos años, tiene problemas para respirar y tose insistentemente,  así que la llevamos junto con sus cuatro hermanos al poblado más próximo, a una hora de distancia, para que la atienda el doctor. Los niños nos cuentan que cada fin de semana ayudan en la chacra a su madre y que es más rentable cultivar coca que cacao.

Es el tercer día que circulamos por la pista que une Cusco con el VRAE, un camino de tierra aplanada y piedras. Cada pocos kilómetros lo cruza el agua de cascadas que baja de las exuberantes montañas. La nueva carretera permite hacer el trayecto en quince horas (doce en una 4×4), lo que ha facilitado la conexión con el centro energético del Perú. A la vez es la principal salida de droga hacia Bolivia y los asaltos son frecuentes. El Ejército ha impuesto un toque de queda para que a partir de las diez de la noche nadie circule por aquí. Sin embargo, solo nos hemos encontrado con dos controles militares y solo uno, a pesar de ir en un carro con matrícula mexicana, nos hizo un somero registro de cinco minutos. En la semana que pasaremos en el VRAE serán mucho más comunes las escenas que representen que la vida gira en torno a la coca de manera natural -un preso de Lurigancho, nacido en la selva, nos contaría después que de niño le daban mate de coca en vez de leche- que las que muestren una guerra por el control del territorio entre Ejército, narcotraficantes y Sendero Luminoso.

La sensación generalizada entre los vecinos es que la guerra atroz de los 80 y 90 nunca volverá. Tanto los colonos como una comunidad de ashaninkas que visitamos, coincidían en que los senderistas habían “aprendido la lección”. “Con los civiles ya no se meten. Ya los derrotamos una vez. Ahora piden comida y se van”, contaba Julián, un cocalero que vio cuando era un adolescente como se multiplicaban los muertos en la región. Para ellos el conflicto es ahora algo periférico, un problema entre senderistas y los cuerpos de seguridad.

El único que nos habló de “guerra” fue un coronel del Ejército que nos recibió en el cuartel de Pichari. “Dentro de estos muros tienen que entender que estamos en guerra”, afirmaba. Después de responder con evasivas sobre la labor de los militares en la zona nos despidió con un obsequio: una baraja de póker. Cada una de las cartas tenía una foto de un senderista y debajo la recompensa que se ofrece por información valiosa para su captura.

Naipes con imágenes de cabecillas senderistas.

Fuera de esos muros, sin embargo, la población pasea por las calles de los pueblos sin temor y los agricultores trabajan en su chacra ajenos a los asesinatos que de vez en cuando se pueden leer en los periódicos de Lima. Quizás por la organización que llevaron a cabo a través de los Comités de Autodefensa, parecen tener plena consciencia de que el territorio les pertenece. A diferencia de otras latitudes no son solo la pieza menos valiosa del engranaje del narcotráfico. Aquí no da la sensación de que ya nadie les vaya a decir lo que tienen que hacer.

La situación que se percibe es la contraria a la de Colombia, con quien el Perú se turna en los diferentes estudios como el mayor productor de cocaína del mundo. Allí los habitantes de las zonas cocaleras, por ejemplo el  Valle del Cauca, viven indefensos en medio de un fuego cruzado entre las FARC, los ex paramilitares y los narcotraficantes -y a su vez los dos primeros son también lo tercero-. Muchas casas lucen sus fachadas salpicadas de balas y por la noche nos dormimos entre los disparos que se escuchaban desde la sierra. En el VRAE el tráfico de drogas se intuye en los detalles, como la desproporción entre el número de grifos de gasolina y los vehículos motorizados o algunas personas con las manos quemadas producto de trabajar como poceros. Tampoco se ven grandes lujos. A lo sumo un carro, una moto del año o una lap-top contrastan con la normalidad de estos pueblos modestos.

Las dos regiones forman parte del primer eslabón de la cadena de la cocaína -aunque Colombia siga siendo tras la caída de los grandes Carteles el epicentro del tráfico internacional-. Ambas comparten, como todas las zonas afectadas por el fenómeno, la dejadez y corrupción políticas y la dejadez y complicidad de las fuerzas de seguridad. Pero en cada uno de los países tocados por la cocaína las consecuencias son diferentes. Durante ocho meses hemos recorrido a la inversa gran parte de la ruta más tradicional, la que nace en los países andinos y tiene como destino Estados Unidos, el mayor consumidor de cocaína per cápita del mundo. Empezamos en Guatemala, el final del corredor centroamericano. Como en el caso del Perú y Colombia, el narcotráfico ha dejado en estos seis países una huella diferenciada. En algunos casos devastadora.

Tumaco, Colombia. Semisumergible decomisado este año por la Armada colombiana en la costa de Nariño, en el suroeste del país. Días antes interceptó otro artefacto de 7.5 x 2 metros con capacidad para el transporte de entre dos y cuatro toneladas de cocaína.

Valle del Cauca, Colombia. Indígenas nasas se reúnen en Caloto a fines de septiembre pasado en el sepelio de su compañero Jaime Mestizo, quien murió asesinado. Varios líderes indígenas han muerto este año por la guerra que enfrenta el Gobierno colombiano con las FARC.

 

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Publicado el viernes 23 de noviembre, 2012 a las 20:49 | RSS 2.0.
Última actualización el lunes 08 de septiembre, 2014 a las 19:21

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