Columna de reporteros

Gustavo Gorriti, director de IDL-Reporteros (Foto: Christian Osés)

 

Reproducción de la columna ‘Las Palabras’ publicada en la edición 2241 de la revista ‘Caretas’.


Los titiriteros

 

LA corrupción pequeña se descubre con un documento, una grabación, una filmación subrepticia. La corrupción mediana necesita más pasos investigativos: seguimiento de transacciones, licitaciones, ingresos, confesiones. Pero investigar la gran corrupción es mucho más difícil.

Gran parte de los casos en los que se descubrió robos inmensos perpetrados por diversos gobernantes a sus pueblos, sucedió luego de la caída de aquellos o, por lo menos, de su debilitamiento. Las fortunas robadas por Mubarak, Khadaffi, Mobutu Sese Seko, Duvalier, Ferdinand e Imelda Marcos, las cuentas de Pinochet, solo fueron descubiertas luego de su salida del poder o cuando su pérdida de fuerza era evidente. Nada debilita tanto los secretos y desteje complicidades como la pérdida de poder cuando viene acompañada por la certeza de que no será recuperado. Hay excepciones a esta tendencia, pero como excepciones permanecen.

Aquí, en el Perú, la revelación precisa e inequívoca de la megacorrupción de Montesinos, Fujimori y varios de sus cómplices se originó en su debilitamiento y cuajó rápidamente luego del colapso del régimen.

En medio de la traumática incertidumbre, para los corruptos, que siguió al derrumbe de la dictadura, mientras las autoridades de varios países cooperaban activamente con el nuevo régimen democrático en el Perú, congelando cuentas y dándole información sobre ellas, muchos de los colaboradores de Fujimori y Montesinos decidieron hablar.

Fue un momento excepcional que acaso dejó enseñanzas equívocas. Ante la avalancha de evidencias (videos, cuentas, testimonios), varios cómplices contaron mucho más de lo que hubieran hecho en otra circunstancia, y muchos lo hicieron en las comisiones parlamentarias dedicadas precisamente a investigar la corrupción. Por eso es que el trabajo de comisiones investigadoras como las presididas por David Waisman y Anel Towsend haya sido entonces y sea ahora una fuente documental tan importante. “Cuando convoco a varios a declarar se agotan las existencias de Donafán en Lima”, me dijo el 2001 uno de los miembros principales de esa comisión. Y todo indica que el Donafán estimuló sinceramientos mejor que el sicoanálisis.

Y así se pudo tener uno de los cuadros más claros sobre la escala y la manera en la que un grupo de crimen organizado que capturó el poder, robó a su país.

Es posible que aún subsistan recuerdos de la notable eficacia investigativa de aquella Comisión Parlamentaria del 2001, y que eso ayude a explicar el funcionamiento de la Megacomisión de hoy, donde el nombre es grande pero los medios son pequeños e ineficaces para el propósito de la investigación.

Si el objetivo es investigar casos de presunto robo masivo desde el más alto nivel del poder, lo más importante no es saber cómo se hizo el robo sino cómo se ocultó el dinero.

En casi todos los casos conocidos, como veremos, los robos se realizaron dentro de transacciones entre un gobierno dado y una compañía extranjera. Algunas de ellas entran a competir precedidas por la reputación de saber arreglar, sobre todo, los pagos invisibles. ¿Resulta extraño que esas compañías tengan un porcentaje inusitadamente alto de éxito en adjudicarse obras diversas que terminan costando mucho más de lo pactado inicialmente?

Entonces, ahí no hay muchos secretos y basta una observación relativamente consistente para identificar obras, transacciones y compañías potencialmente sospechosas de corrupción. Con algo más de tiempo se puede acortar la lista de las compañías y las obras o quehaceres más notorios y hasta calcular –sabiendo el porcentaje aproximado de lo cobrado por otros corruptos descubiertos en circunstancias similares– cuál fue el monto de las coimas entregadas a quien tuvo (o quienes tuvieron) el poder de decisión para ordenar obras, otorgar licencias y obtener, en compensación, sobornos.

Pero suponerlo, conjeturarlo o aún saberlo sirve de poco si no se conoce cómo se pagó el o los sobornos y dónde se los ocultó.

Y la investigación de ello es casi siempre multinacional y siempre compleja. De hecho, hoy es más fácil ocultar dinero robado (especialmente cuando es mucho) que descubrir dónde está para los investigadores.

El año pasado, 2011, el Banco Mundial y la UNODC (la oficina de las Naciones Unidas sobre drogas y criminalidad) publicaron un libro notable sobre el tema: “The Puppet Masters” (Los titiriteros), cuyo subtítulo describe el tema: “Cómo los corruptos usan las estructuras legales para ocultar sus robos y qué hacer al respecto”.

El notable libro del Banco Mundial y la UNODC “The Puppet Masters” (Los titiriteros), describe en su subtítulo el tema: “Como los corruptos usan las estructuras legales para ocultar sus robos y qué hacer al respecto”.

El libro (que se puede descargar sin costo, en inglés) es producto de una iniciativa conjunta entre el BM y la UNODC, ‘The Stolen Asset Recovery Initiative’ (La iniciativa para la recuperación de bienes [o activos] robados” y es una lectura necesaria (aunque me imagino trabajosa), para todos aquellos empeñados en luchar (desde el periodismo de investigación hasta las contralorías, fiscalías, investigadores parlamentarios, especialistas en lavado de dinero) contra la gran corrupción.

El libro ilustra, a través de varios ejemplos y casos de estudio sobre, en sus palabras y mi traducción, “el papel central que desempeñan los vehículos corporativos (compañías, trusts, fundaciones y otros) en ocultar el abuso de la confianza pública para el [ilegal] lucro financiero privado tras un velo corporativo, y las dificultades que experimentan los investigadores al tratar de levantar ese velo”.

Dos de los casos expuestos, aun cuando involucran montos relativamente pequeños, son ilustrativos.

• En Kenia, por ejemplo, el Gobierno hizo una licitación el 2002 para reemplazar su sistema de impresión de pasaportes. Pese a tener una oferta de una empresa francesa por 6 millones de euros, el Gobierno dio la buena pro a una compañía británica de gaveta (la Anglo-Leasing and Finance Ltd., que residía en una casilla postal en Liverpool] a un costo de 31.8 millones de euros. La compañía ganadora procedió a tratar de subcontratar con la francesa. El asunto saltó eventualmente a la prensa, pero fue imposible averiguar quiénes estaban detrás de la ‘Anglo-Leasing’.

• La Daimler (Mercedes-Benz) admitió en 2010 que su filial rusa había sobornado a funcionarios gubernamentales rusos con más de 3 millones de euros. Lo hizo a través de compañías de gaveta o cascarón (shell companies) o de terceros. Hubo por lo menos 25 pagos complejos a través de bancos de Latvia, Suiza, Estados Unidos a 27 compañías registradas en jurisdicciones tan diferentes como las Bahamas, Chipre, Costa Rica, Irlanda, las Seychelles, Inglaterra y los estados de Delaware y Florida en Estados Unidos.  Pese a que el soborno fue reconocido en este último país, no se llegó a individualizar a los beneficiarios de este caso de corrupción.

El objetivo para los investigadores, como define el estudio desde el inicio, es, desde el principio, identificar al ‘Beneficial Owner’, el dueño y beneficiario que, al final de una cantidad crecientemente compleja de movimientos financieros y de transacciones dirigidas por intermediarios profesionales entre compañías de gaveta, bancos, trusts, fundaciones, recibe el dinero robado y dispone de él.

El libro, sobre cuyos casos y problemas trataré de escribir nuevamente, propone varias iniciativas y estrategias para mejorar la capacidad de gobiernos e instituciones de ubicar los dineros robados e identificar a quien los robó (una de ellas, por ejemplo, es eliminar las acciones al portador), pero pone énfasis especial en desarrollar el tipo de investigador (‘imaginativo, tenaz y experto’) capaz de resolver la ‘compleja investigación sobre corrupción que involucra el uso de vehículos corporativos”.

Junto con ello, una investigación transnacional, que culmine en una coherente acusación fiscal es un paso necesario que todavía no se ha dado en forma sistemática. Y por eso, muchos de quienes aprendieron a ocultar sus bienes detrás de densas redes de razones sociales e intermediarios tan profesionales cuanto truchos, pueden por ahora reírse de los esfuerzos locales por investigarlos. Ojalá que no por mucho tiempo.

 


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Publicado el Viernes 20 de julio, 2012 a las 13:40 | RSS 2.0.
Última actualización el Miércoles 25 de julio, 2012 a las 15:26

Un comentario

  1. Alvaro Córdova G. dice:

    Este libro “Los titireteros” debería ser usado como manual ilustrativo para las autoridades que investigan a Alan García y su corte. A nadie los hacen “tonto” con el cuento de “NO HAY PRUEBAS PARA ACUSARLO”. Que tal caras duras que son los congresistas apristas que salen a defenderlo.

Web por: Frederick Corazao