Capítulo 6: Cocorico2

Las detenciones en Estados Unidos dieron nuevos aires a la investigación de la fiscal Romero.

El Ejército de Guatemala recibió mejor las indagaciones de autoridades estadounidenses que las de sus propios fiscales. Entregaron documentos sobre los comandos fugitivos detenidos por ICE. Los investigadores estadounidenses, por su parte, compartieron los documentos con sus colegas en Guatemala. La confesión de Jordán reforzó el caso contra más de una docena de sospechosos que eran fugitivos.

La atmósfera en Guatemala había cambiado. Para finales de 2010, el Presidente Álvaro Colom nombró un nuevo fiscal general.  Claudia Paz y Paz era la primera mujer del país en ese cargo.  Paz y Paz comenzó una campaña sin precedentes contra los violadores de derechos humanos. Acusó al ex dictador Ríos Montt de genocidio y de crímenes de ‘lesa humanidad’.

Además, la Corte Inter Americana de Derechos Humanos en Costa Rica había dado un fallo a favor de los activistas de derechos humanos guatemaltecos. El edicto forzaba a la Corte Suprema de Guatemala a continuar con el caso de Dos Erres.

En el 2011, después de 15 años de investigación, la fiscal auxiliar Romero ordenó nuevos arrestos. La policía capturó a tres de los Kaibiles implicados en el caso y a Carías, el ex comandante de Las Cruces.

Los investigadores se enfrentaban a situaciones hostiles y peligrosas. Un testigo fue asesinado. Familias de militares en los barrios de Ciudad de Guatemala donde vivían los ex militares sospechosos amenazaban a la policía cuando llegaba a buscar criminales de guerra. El Coronel Roberto Aníbal Rivera Martínez, quien como teniente había sido comandante de la patrulla de Dos Erres, pudo huir cuando las autoridades llegaron a su casa ya que tenía un túnel conectado a otro inmueble. Los fiscales sospechaban que algunos de los fugitivos de Dos Erres, y otros casos, vivían protegidos en bases militares o en áreas dominadas por militares.

Uno de los Kaibiles detenidos habló de los dos niños robados en su declaración en Ciudad de Guatemala. El juez supervisor ordenó a Romero que redoblara sus esfuerzos para encontrar a Óscar. Años atrás, la renuencia de la familia de Óscar en Zacapa había acabado con la esperanza de encontrarlo. La historia que se publicó en el periódico tampoco ayudó al caso de la fiscalía.

Ahora, existía otra oportunidad. En mayo del 2011, Romero regresó a Zacapa, donde Óscar creció. Otra vez visitó a su tío, el reconocido doctor en esa región. En la primera visita hacía unos años, el doctor la había acusado de difamar el nombre del Teniente Ramírez con sus preguntas sobre el origen de Óscar. Esta vez, el médico parecía algo más cooperativo.  Le dijo que Óscar vivía en los Estados Unidos con su esposa e hijos, pero que no tenía su número telefónico. Sin embargo, le dio una pista.

“El apodo de su mujer es La Flaca”.

Con ese detalle, Romero y sus investigadores preguntaron al dueño de una pequeña tienda, quien les ayudó a encontrar a los familiares de la esposa de Óscar en un caserío cercano. La fiscal entrevistó a la familia de la esposa y ellos le dieron el correo electrónico de Óscar. La dirección tenía la palabra ‘Cocorico2’. Romero entendió que Óscar utilizaba el mismo apodo que el Teniente Ramírez.

Unos días después, el mismo Óscar llamó a Romero al escuchar de su visita a sus suegros. Ella no quiso hablarle mucho. No quería tirarle una bomba así por teléfono.

Romero se sentó frente a su computadora a escribirle un correo electrónico. Se esmeró en encontrar las palabras adecuadas que le explicaran a Óscar que su vida hasta ahora, había sido una mentira. Romero sabía que Óscar vivía en EUA sin documentos. Se imaginó su existencia tan lejos de su patria. Pensó en cómo lo impactaría el mensaje.

¿Necesitaría ayuda psicológica después de recibir la noticia?

Continuó con su mensaje. Lo tenía que hacer. Comenzó así: “Usted no me conoce”.

Cuando  Óscar terminó de leer el mensaje en Framingham, su cabeza se volvió un torbellino de pensamientos confusos. La fiscal insinuaba que había tenido una vida completamente diferente hasta los tres años. Lo encontraba difícil de creer. No podía recordar ninguna imagen de Dos Erres. La familia que conocía como la suya en Zacapa lo había tratado como uno de ellos.

Luego volvió a pensar en el artículo en el periódico sobre él y Ramiro de hacía una década. Ésa fue la historia que sus familiares de Zacapa le dijeron que era impensable. Sus dudas de aquella época surgieron de nuevo.

Fredy Peccerelli de la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (Foto: AFP).

Óscar volvió a llamar a Romero y aceptó hacerse una prueba de ADN. El 20 de junio del 2011, Fredy Peccerelli, un investigador de derechos humanos guatemalteco, lo visitó en Framingham.  Estaba allí para recoger la evidencia que determinaría la identidad verdadera de Óscar para siempre.

Los dos se llevaron bien. Peccerelli tenía la cabeza rapada, el físico de un levantador de pesas y un acento de Bensonhurst, el barrio italiano de Brooklyn, New York. Parecía más un héroe de acción que un científico y luchador de derechos humanos.

Nacido en Guatemala y criado en Brooklyn, Nueva York, Pecerelli, a sus 41 años es uno de los mejores antropólogos forenses en Latinoamérica. Su organización, la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG), apoya en investigaciones sobre violaciones de derechos humanos. Hacen exhumaciones en sitios donde ocurrieron masacres y en cementerios clandestinos. Las pruebas de ADN se llevan a cabo en un laboratorio de alto nivel científico localizado detrás de unas paredes altas con concertina de seguridad, en la Ciudad de Guatemala.

En 2010, la Fundación de Peccerelli analizó los restos de Dos Erres recolectados por el equipo argentino en 1995.  El equipo de Peccerelli utilizó nueva tecnología sofisticada para extraer ADN de los familiares de las victimas de Dos Erres y buscar conexiones.

Cuando Peccerelli se encontró con Óscar,  intentó imaginarse cómo había sobrevivido cuando era un niño. ¿Había visto a toda su familia ser asesinada?

Peccerelli quería proteger a Óscar. El joven se mostró precavido. Peccerelli le dijo que él sabía lo que significaba ser un inmigrante escondido en las sombras. Su padre había sido un abogado en Guatemala.  Cuando Peccerelli era un niño, su familia tuvo que huir por amenazas de muerte y se trasladó a los Estados Unidos.

Poco a poco, Oscar se sinceró. Le contó sobre su odisea de Guatemala a EUA. Peccerelli tomó la muestra de ADN.  Después, Oscar y su esposa prepararon una gran cena para todos los presentes.

Peccerelli había pasado toda su vida profesional uniendo las piezas de esqueletos destruidos.  Hoy, por primera vez, estaba frente a una evidencia viviente. Tenía la rara oportunidad de hacer preguntas importantes.

En otros casos de robo de niños por soldados, los menores habían sufrido abusos, como Ramiro. Algunos habían sido forzados a dormir con los animales y a trabajar 20 horas al día.  Peccerelli estaba fascinado al escuchar esta experiencia de primera mano.

“¿Cómo te trataron?”, le preguntó a Oscar.

“Donde yo crecí, crecí bien”, le respondió Oscar de forma serena y lacónica. “No fui tratado diferente de los otros niños”.

Peccerelli regresó  a Guatemala para terminar la prueba de ADN. Se quedó con la impresión de que Óscar quería saber más, pero al mismo tiempo tenía muchas dudas.

En algún lugar de su alma, Peccerelli pensó, Oscar no quiere que esto sea verdad.

Share via emailShare on Facebook+1Share on LinkedInShare on Twitter
Pages: 1 2 3 4

Publicado el Viernes 25 de mayo, 2012 a las 22:31 | RSS 2.0.
Última actualización el Miércoles 06 de junio, 2012 a las 18:19

Deje un comentario

Web por: Frederick Corazao