Memoria de Dos Erres (II)

La masacre, el olvido, la revelación

Foto
Óscar Ramírez Castañeda mira un álbum con fotos de quien siempre pensó que era su padre: el teniente Óscar Ovidio Ramírez Ramos. En 1982 el teniente Ramírez Ramos y sus tropas kaibiles llevaron a cabo una masacre en el pueblo en Guatemala donde vivía Óscar de niño (Foto: Matthew Healey para ProPublica).

 

Por Sebastian Rotella, ProPublica, y Ana Arana, Fundacion MEPI (*).-


Capítulo 5: La Cacería Avanza Hacia el Norte

Frustrados por el limbo en el que se encontraba el caso de Dos Erres, activistas guatemaltecos iniciaron un proceso en contra de su propio gobierno en un tribunal internacional.

La acción legal generó la publicación del listado de Kaibiles sospechosos.  Algunos habían muerto, pero había otros fugitivos. De pronto una ayuda de un lugar inesperado apareció: En Washington, D.C. la unidad especial del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (U.S. Immigration and Customs Enforcement, ICE) cuya misión es encontrar a los criminales de guerra que llegan a los Estados Unidos, se interesó en el caso.

Jon Longo, un agente de ICE en West Palm Beach, Florida, de estatura baja y una barbita en el mentón, recibió el caso. Este estadounidense de ascendencia italiana y originario de la ciudad de Boston, tenía 39 años y apenas dos en ese trabajo. Sin embargo, contaba con una maestría en psicología y había trabajado durante ocho años como terapeuta en una prisión. Tenía experiencia para hacer hablar a los criminales.

Sargento Gilberto Jordán (Foto: AP).

Investigadores de ICE sospechaban que Gilberto Jordán, uno de los Kaibiles incluidos en la lista, vivía en la comunidad de Florida de Playa Delray ubicada a media hora en auto desde la oficina de Longo.  Jordán trabajaba como cocinero en dos country clubs de la zona. Longo recibió órdenes de investigar a Jordán.  Si este participó en la masacre, Longo debía armar un expediente legal en su contra utilizando las leyes estadounidenses.

Jordán no podía ser juzgado por asesinato. Se había convertido en ciudadano de Estados Unidos y no podía ser deportado a Guatemala para enfrentar un proceso en ese país. EUA tampoco lo podía juzgar por un delito cometido muchos años antes en un país extranjero.

Longo revisó las leyes de inmigración de los Estados Unidos. Jordán, de 53 años, había declarado en sus formularios de naturalización que no fue miembro de las fuerzas militares ni cometió delitos en Guatemala. Si era cierto que había sido miembro del ejército o había participado en el ataque en Dos Erres, entonces había mentido en su declaración para conseguir la ciudadanía.  De esa forma, había violado la ley estadounidense. Longo quería armar el caso de la manera más simple. Se preguntó a sí mismo: “¿Cómo pruebo que cometió esos delitos?”.

El agente Longo se metió a fondo en los documentos del caso sin perder de vista su meta. Jordán dejó Guatemala poco tiempo después de la masacre y entró por Arizona, sin documentos.  En 1986 obtuvo su residencia legal en el país, gracias a una amnistía migratoria que se aprobó en Estados Unidos. Obtuvo su ciudadanía en 1999.  Tenia tres hijos grandes—uno de ellos era miembro de los Marines de Estados Unidos y veterano de la guerra de Irak-.

Longo pidió el expediente militar de Jordán y confirmó las sospechas acerca de su pasado como soldado Kaibil. En Houston, agentes de ICE detuvieron a Alonzo, otro de los sospechosos en el caso Dos Erres. Alonzo era el ex-panadero de la patrulla que se llevo a Ramiro, el niño de cinco años que fue robado. Alonzo ya había sido deportado de Estados Unidos y volvió a entrar. ICE lo acusó de regresar a Estados Unidos sin documentos por segunda vez.

Longo entrevistó a Alonzo sobre Dos Erres a principios del 2010.  También interrogó a Pinzón e Ibáñez, los Kaibiles arrepentidos que eran testigos. Le hablaron de las acciones de Jordán durante la masacre. En mayo de ese año, Longo estaba listo para arrestar a Jordán. Sin embargo, los fiscales estadounidenses le indicaron que necesitaba evidencias más contundentes que probaran que Jordán había participado en la masacre y que había mentido. Sin una evidencia sólida, como una confesión, la fiscalía no lo podría acusar.

Longo y sus superiores decidieron que era tiempo de visitar a Jordán en su casa. Era una medida arriesgada. Los asesinos tienden a confesar más fácilmente en las películas que en la vida real. Especialmente aquéllos con entrenamiento en operaciones clandestinas y en guerra psicológica.

Longo planificó su encuentro con mucho cuidado. Se enfrentaría a un soldado bien entrenado que podría estar armado. Reclutó a un agente de ascendencia latinoamericana, quien también era un veterano de las fuerzas especiales, para que el encuentro fuera más amigable.

Como permite la ley federal, ICE armó una estrategia para acercarse al fugitivo. Jordán había sido miembro de la guardia presidencial en su país. Así que le preguntarían sobre el reciente arresto en Estados Unidos del ex-presidente de Guatemala, Alfonso Portillo por corrupción y lavado de dinero. Después, le preguntarían sobre Dos Erres. Si Jordán no quería hablar tendrían que retirarse.

En la mañana del día del encuentro, Longo ordenó que agentes de ICE siguieran a la esposa de Jordán, quien trabajaba limpiando casas en el área cercana.  Los agentes de ICE, por su parte, pensaban visitar a Jordán en su trabajo. Pero justo ese día decidió descansar en casa por enfermedad. Así que con sus chamarras con insignias de ICE los agentes se presentaron en la casa de Jordán en un barrio modesto multiétnico de Florida. La pick-up de Jordán estaba estacionada frente a la entrada de su cochera. Antes de bajarse de sus vehículos, los agentes dieron dos vueltas a la casa. La primera vez la puerta de la cochera estaba abierta.  En la segunda, estaba cerrada.

Longo llamó a Jordán por teléfono y se identificó como un agente federal. Jordán lo invitó amablemente a su casa. Cuando el equipo tocó a la puerta, nadie respondió. Longo volvió a llamarle, pero esta vez no recibió respuesta. El tiempo avanzaba. Los agentes tenían las manos sobre sus revólveres.

“No tenemos una orden de cateo”, pensó Longo.  “Quizás tiene un cañón allí adentro.”

Longo llamó a los agentes que vigilaban a la esposa de Jordán. Les pidió que la abordaran y le explicaran la situación. La esposa aceptó llamarlo. Jordán respondió a la llamada como un hombre acorralado.

“Vinieron a matarme”, le dijo a su mujer por el teléfono.

“No. Son americanos”,  explicó la esposa.

“Están armados”, respondió Jordán.

Al final, la tensión se disipó y Jordán abrió la puerta e invitó a los agentes a entrar. Era bajo de estatura. Su pelo canoso tenía un corte militar. Su cara era arrugada. Vestido con una gorra de beisbol, camiseta y jeans, tenía aspecto de estar descansando. Se sentaron en la cocina alrededor de una mesa de madera rústica. Fotos de sus hijos colgaban en la pared. Comenzaron hablando de trivialidades en una mezcla de inglés y español.  Pronto llegó a casa su esposa.

Jordán aceptó responder a las preguntas de los agentes y firmó un formulario de Derechos Miranda, dejando claro que sabía que tenía el derecho legal de no contestar preguntas si no quería. Admitió que fue un Kaibil. En su casa no exhibía ningún recuerdo militar porque a su esposa le daba miedo.  Ella había escuchado historias de ex soldados atacados en los Estados Unidos por guatemaltecos que odiaban a los militares.

Longo había entrevistado a muchos asesinos en su vida profesional. Jordán no tenía la facha de ser uno. Aunque tranquilo y reservado, parecía querer hablar. “Nos está soltando pequeños pedazos de información”, pensó Longo.

“Tuve problemas en Guatemala,” dijo Jordán.  “La gente dice que hice cosas. Hubo una masacre”.

“¿Dónde?”, preguntó Longo.

“En un lugar llamado Dos Erres”.

Longo no lo apresuró. La conversación volvió al tema de la masacre. Jordán respiró profundo. Entonces, contó la historia de Dos Erres. Les describió la carnicería alrededor del pozo.

“Todos”, dijo Jordán, y luego hizo gestos para indicar que tiraron a las victimas dentro del pozo.  Comenzó a llorar. “Tiré a un bebe en ese pozo”, dijo.

Jordán conto cómo lloró en el momento en que mató al bebe. Negó haber violado a mujeres o a niñas.  Su mujer escuchaba compungida. “Ya sabe de Dos Erres”, explicó Jordán.

“Sabía que este día iba a llegar”, les dijo.  Longo pensó que se había quitado un gran peso de encima.

Después de 45 minutos de conversación, Longo agradeció a Jordán su franqueza. Su corazón latía fuerte. Salió al lado de la cochera y llamó a una fiscal federal para informarla de la declaración de Jordán. La fiscal sabia que Longo quería meter preso a Jordan en el acto. Pero le dijo a Longo que no le arrestara. Quería dejar constancia clara que la confesión fue voluntaria y sin ninguna presión.

“Dile que se presente en tu oficina mañana por la mañana, para una entrevista formal”, dijo la fiscal.

Al día siguiente, los agentes arrestaron a Jordán cuando se presentó con su abogado a la cita. En pocas semanas, decidió admitir su culpabilidad del delito de haber ocultado información y proporcionado declaraciones falsas en su forma migratoria.

La fiscalía quería que recibiera la sentencia máxima. En el juicio en una corte de Florida, Ramiro Cristales se presentó como testigo. Viajó desde Canadá donde vivía como refugiado. Longo pensó que encontraría a un hombre acabado pero Ramiro era un joven guatemalteco de 33 años lleno de valentía y madurez.

En su testimonio, Ramiro detalló cómo los Kaibiles entraron en la casa donde vivía con sus padres y sus seis hermanos. Los golpearon y los aterrorizaron.

“Comenzamos a rezar porque ellos nos dijeron: ‘si creen en Dios recen, porque nadie los va a salvar’”, Ramiro atestiguó.

No se sabe la precisión de los recuerdos que Ramiro tiene de ese día. Contó ante la corte que durante la masacre, se quedó en la iglesia con las mujeres y los niños. Los soldados tiraron a sus hermanitos al pozo.

La condena por el crimen de Jordán rara vez resulta en más de seis meses de cárcel.  Pero el Juez del Distrito William J. Zloch estaba impactado por lo que escuchó en el juicio.  Cuando el abogado de Jordán argumentó que su cliente no era un peligro para la comunidad, el Juez se enfadó aún más.

“¿Después de todas estas acusaciones?” demandó saber el Juez Zloch. “¿Cuánto más tiene que cometer después de este incidente? ¿Cuántas otras cabezas tiene que aplastar?  ¿Cuántas otras mujeres tienen que ser violadas? ¿A cuántas otras personas tienen que disparar? ¿Cuántas?”.

En Septiembre 2010, Jordán recibió la sentencia máxima por el crimen: 10 años en una prisión federal.

Los investigadores de ICE volvieron a revisar la lista de Kaibiles y los buscaron en todo Estados Unidos. En el Condado de Orange en California, agentes de ICE encontraron a Pimentel, el ex-sargento que días después de las violaciones y asesinatos en Dos Erres había partido a la academia militar estadounidense en Panamá. Pimentel había recibido una Condecoración del Ejército de Estados Unidos por sus servicios. Cuando lo encontraron, vivía sin documentos y trabajaba en mantenimiento. Fue deportado a Guatemala para enfrentarse a la justicia.

Investigadores federales también averiguaron que Sosa, el sub-teniente que supuestamente tiró la granada en el pozo de Dos Erres, era ciudadano estadounidense y un reconocido instructor de artes marciales en el Condado de Orange. Sosa se había mudado a Canadá, donde lo detuvieron y ahora está en prisión, esperando ser deportado para un juicio en California por falsificación de su forma migratoria. Alonzo, el Kaibil que raptó a Ramiro, también se declaró culpable en Houston y aceptó atestiguar contra Sosa, su antiguo oficial superior.

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Publicado el Viernes 25 de mayo, 2012 a las 22:31 | RSS 2.0.
Última actualización el Miércoles 06 de junio, 2012 a las 18:19

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