Columna de reporteros

Gustavo Gorriti, director de IDL-Reporteros (Foto: Christian Osés).

 

Reproducción de la columna ‘Las Palabras’ publicada en la edición 2205 de la revista ‘Caretas’.


Cabezas de turco


EL caso Petroaudios es complejo y confuso. El masivo número de intimidades electrónicas expuestas (y a veces falsificadas) por el chuponeo sugiere corrupciones estatales y sordas guerras entre empresarios. Hace más de tres años, la Fiscalía de la Nación y el Poder Judicial lo investigan. Hasta hoy no hay resultados pero sí excesos.

El éxito de todo drama depende de su guión, puesta en escena y, señaladamente, de sus actores principales. Y los protagonistas de Petroaudios no hubieran sido mejor escogidos ni en el casting más exigente. Rómulo y Bieto: Si se hiciera una película sobre el tema, ¿podría pensarse en actores comparables?

Las conversaciones de ambos personajes que se hicieron públicas demostraron que la picaresca no ha muerto en nuestro idioma. De un lado, Alberto Químper, con el aire y la figura de un decadente senador romano injertado en la camandulería limeña. Nadie mejor informado que él para la sorna y malicia de secretos memoriosos, extendidos por varias generaciones. Nadie mejor preparado para convivir con ellos, incluso en los recuerdos, tan distantes, del marxismo estudiantil.

¿Y qué decir de Rómulo, el político aprista con calle, esquina y hasta callejón, uno de esos criollazos con pasados que dibujan un futuro, pero sabiendo lo suyo de seducir, hablar bonito y juntar gente para convertir las viejas relaciones en nuevos contratos?

Sus conversaciones deslenguadas, maliciosas, prolijamente chuponeadas, deberían ser estudiadas en cursos sobre el resurgimiento de la picaresca en nuestra lengua.

Esas mismas conversaciones son las que marcaron el tono y el estilo en el resonante caso de ‘Petroaudios’. El chuponeo hecho público los convirtió en los burladores burlados, en los bribones sorprendidos; y llevó la comedia a convertirse en un auto de fe.

“El patente exceso de carcelería sin proceso judicial es arbitrario y violatorio del derecho al proceso justo debido a toda persona”.

En esas dramatizaciones, casi no se caricaturizó a don Bieto, porque el original no tenía mejora; pero Rómulo recorrió una y otra vez la metamorfosis entre el homo sapiens y la más tenaz roedora del subsuelo urbano. En Disneyworld nadie tiene problemas con ponerse la gorra (o el disfraz completo) del ratón Mickey; pero que te pongan aquí las orejas y la cola de las primas segundas de este, eso sí era fulminante y descalificador.

Así que apenas intervino el Poder Judicial y procesó al dúo inefable a través del régimen penitenciario, el nudo dramático pareció orientarse al inevitable desenlace. Ya estaban presos Rómulo y don Bieto, ¿cuántos más como ellos irían a caer? ¿Cuántas revelaciones de nombres, de cuentas y de cutras produciría el dúo estrella de la picaresca local?

Han pasado tres años desde entonces. Rómulo León sigue preso, y a Alberto Químper un bizcocho le costó cambiar la detención en su casa de La Aurora por, primero, el penal de Aucallama y ahora el de San Jorge.

Pero ¿qué han logrado la investigación fiscal y el procesamiento judicial en esos tres años? Casi nada.

Rómulo León ha pasado, salvo unas pocas semanas en detención domiciliaria, los tres años en la cárcel. Y no hay siquiera acusación fiscal en contra suya. Como lo leen: tres años de cárcel sin sentencia, sin juicio, sin acusación fiscal. A lo largo de todo ese tiempo, la Fiscalía ha sido incapaz de concretar su investigación en una acusación.

Eso es, desde cualquier punto de vista, un exceso de prisión con claros visos de abuso legal.

¿Qué se trata de dos pícaros que merecen la máxima severidad, incluso estirando la ley hasta el faquirismo? ¿Por qué entonces no se ha producido hasta hoy la acusación fiscal? ¿Y no es acaso que la ley iguala a todos, a los antipáticos con los simpáticos y hasta a los flacos con el gordo?

El patente exceso de carcelería sin proceso judicial es arbitrario y violatorio del derecho al proceso justo debido a toda persona. Si en tres años la Fiscalía no ha podido concretar sus investigaciones, el Poder Judicial debe dejar en libertad a Rómulo León.

En cuanto a Alberto Químper, si no se demuestra que mintió al decir que entró a la Bonbonniere para vaciar la vejiga, actividad que a sus años suele crecer en frecuencia y urgencia, sería otro exceso castigarlo con carcelería.  ¿No bastaría una reconvención, acompañada con un folleto explicativo sobre las ventajas de los pañales Plenitud cuando las largas diligencias judiciales te encuentran en una etapa poco continente de la vida?

¿Por qué escribo esto? Por varias razones. Diré, en primer lugar, que he pensado mucho sobre el tema y he tenido largas discusiones al respecto con los periodistas que me acompañan en IDL-Reporteros.

En ellas estuvimos todos de acuerdo que ni don Bieto ni don Rómulo serían candidatos nuestros para la liga Scout de la localidad, ni para el capítulo de Transparencia, ni para ninguna Apafa, ni siquiera, puestos en el caso, para la directiva de Universitario.

¿Por qué, entonces? En primer lugar, porque, como fue dicho, toda persona tiene derechos iguales ante la ley; y el atropello de esos derechos debe ser siempre denunciado.

En segundo lugar, porque la lucha contra la corrupción solo tiene éxito cuando se hace en forma justa y dentro del espíritu de la ley y la democracia. Así se garantiza que no degenere en persecución.  Y que, además, no sea cooptada    –como fue tantas veces el caso–  por grupos o personas que camuflan sus propias agendas e intereses, frecuentemente tan o más corruptos que aquello que proclaman perseguir.

En tercer lugar porque veo que, precisamente, el haber convertido a Rómulo León y Alberto Químper en la corrupción personificada, en la encarnación de la cutra, ha sido conveniente para quienes manejaron la muy real corrupción que tuvo lugar entonces y después.

Para eso son los chivos expiatorios, las cabezas de turco. Mientras estén presos los que en el imaginario popular se hicieron símbolos vivos de la corrupción, ¿no se alivia enormemente la investigación para ubicar a los protagonistas mayores de las cutras, negociados y acciones ilegales de esos meses y esos años?

¿Explica eso la enorme ineficiencia e incompetencia con la  que la Fiscalía y el Poder Judicial llevaron el caso? En parte, quizá. Toda la primera etapa, en la que la fiscal Juana Meza y el juez Jorge Barreto lo tuvieron a cargo, fue tiempo perdido para la investigación y el procesamiento del caso.

¿Hubo acciones dilatorias de la defensa de León y Químper que retardaron el proceso? Es posible, pero cualquier juez medianamente competente sabe cómo llevar un caso para que no se atasque en dilaciones.

El hecho es que, si después de tres años no se ha logrado ninguna acusación fiscal convincente, es porque no hay caso o por una ineficiencia sin excusa de los fiscales que llevaron el caso. Y si es así, el Estado no puede cargar su ineficacia a los procesados con el alargamiento indebido de una prisión arbitraria.

La investigación del caso Petroaudios debe seguir. O, mejor dicho, debe empezar. Y tanto Rómulo León como Alberto Químper deben estar entre los principales investigados en un caso en el que, pese al tiempo perdido, hay mucho por descubrir.

Pero luego de tres años, no hay razón alguna para seguirlos investigando en la cárcel. Hacerlo, lo reitero, es un abuso que puede terminar viciando todo el proceso.

Hay algo más que decir, finalmente: León y Químper pueden ser los pintorescos interlocutores de los diálogos chuponeados. Pero ninguno de ellos es un actor principal en las grandes transacciones que se planearon y ejecutaron entonces. Ninguno de ellos tuvo poder de decisión ni otra cosa que papeles secundarios.

¿Y no es evidente que en todo caso de corrupción hay que investigar fundamentalmente a los actores principales?




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Publicado el Viernes 04 de noviembre, 2011 a las 0:21 | RSS 2.0.
Última actualización el Viernes 04 de noviembre, 2011 a las 1:30

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