Columna de reporteros

Gustavo Gorriti, director de IDL-Reporteros (Foto: Christian Osés).

 

 

Reproducción de la columna ‘Las Palabras’ publicada en la edición 2195 de la revista ‘Caretas’.


Más sobre la erradicación

La reanudación de la erradicación de cocales el martes 23, luego de una semana escasa de haberla suspendido, demuestra un grado de inseguridad intelectual e improvisación política del nuevo gobierno, como para suponer que, quizá no lejos del despacho de Villafuerte, en Palacio, ya esté instalado Groucho Marx: “¡Estos son mis principios! ¡Y si no le gustan, tengo otros!”.


Es cierto que se trata de un gobierno nuevo, heterogéneo, cuyo gabinete –donde, como en botica de pueblo, hay de todo – buscará en estos días conseguir un voto de confianza sin demasiados sobresaltos.  Pero si es así, ¿para qué lanzarse a tomar una decisión que terminó siendo prólogo de una reculada?

Durante la semana que vivimos sin erradicación, el elenco estable de consultores sobre el tema comentó y criticó la decisión con particular insustancialidad, mientras quienes en otra circunstancia hubieran presentado alguna polémica, (Hugo Cabieses y Ricardo Soberón) se tomaron muy a pecho su condición de funcionarios públicos y renunciaron a hablar — pese a que les dijeron, o les rebuznaron, de todo.

La erradicación se presentó como una de las pocas acciones de la lucha antidrogas que realmente funcionan. Su abandono, se repitió, era equivalente a tirar la toalla y entregarse al narcotráfico.

Ese es un argumento falso y falaz. La erradicación forzosa de cocales no ha funcionado nunca como método de lucha contra el narcotráfico. Por lo contrario, en muchos casos ha sido del todo contraproducente y ha servido para fortalecer lo que dice combatir.

Ello era perceptible desde el inicio de los años 80 del siglo pasado. Lo ví desde la primera vez que cubrí una erradicación. Fue cerca de Aucayacu, en 1984.

CARETAS me había enviado con Alejandro Balaguer, inmigrante reciente de Argentina en ese tiempo, fotógrafo tesonero y arriesgado, que ya había pasado por alguna cobertura de gran peligro.

Llegamos con un grupo de erradicadores (pequeño e improvisado si se lo compara con los actuales coreanos) y unos pocos policías a un cocal mustio, no lejos de la carretera.

Cuando los trabajadores empezaron a desarraigar los arbustos de coca,  una mujer llegó a la carrera al cocal. Era madura, de evidente origen andino, quemada por el sol, marcada por la intemperie y la pobreza y, entonces, desesperada. Corrió hacia un erradicador primero, luego al otro, tratando de impedir que le arrancaran las plantas, pero la toreaban y mientras uno lo hacía, los otros avanzaban. Entonces vio a Balaguer, tomando foto tras foto, y quizá pensó que era una suerte de inspector gringo documentando la escena. Agarró una rama quebrada, en el suelo y se lanzó contra él con la furia acrecentada por la impotencia.

Balaguer retrocedió sin dejar de fotografiar la carga de la cocalera. Pero el terreno era desigual, y Balaguer tropezó y cayó de espaldas cuando la mujer cerraba la distancia. La campesina quedó tan sorprendida por el éxito de su ataque que quedó parada por un momento sobre el fotógrafo, con la rama inmóvil en la mano. Los trabajadores encontraron que esa era la escena cómica del año y la risotada paralizó el trabajo. Después de un momento, la mujer empezó a reír también y por un rato la tregua efímera de la risa reinó en aquella parcela de Aucayacu, donde luego, como en todo el Huallaga, la sangre ahogó primero la risa y después también el llanto.

No habiendo a quién vender la coca, los precios colapsaron, la gente abandonó los cocales y estos murieron solos.

Balaguer, de paso, logró la excepcional foto que esperaba. Está en la página 51 de su libro “Rostros de la guerra” (Lima, 1990). Se llama ‘erradicación’ y lo dice todo.

De manera que, como ven, se erradica sostenidamente desde 1984. ¿Cuál fue el resultado?

Si vemos la evolución del área sembrada con coca en el Perú desde 1982 hasta hoy, resulta evidente que la erradicación fue desbordada, ahogada en el pasado por un crecimiento explosivo de cocales, que llegó a ser el doble del área actual. Por lo contrario, al provocar una amarga, enfurecida hostilidad hacia el Estado, ayudó a que éste perdiera el control regional frente al senderismo.

En 1982, apenas con dos años de precaria democracia y con gran corrupción vinculada con el narcotráfico, arrastrada desde el gobierno militar de Morales Bermúdez, había 56,150 hectáreas de coca en el Perú. Casi igual que ahora.

En 1984, cuando Sendero se aboca a la conquista del Alto Huallaga y llega el primer jefe militar (el general EP Julio Carbajal) a asumir las acciones contrainsurgentes, la extensión de los cocales aumentó a 60,163 hectáreas. En diversos lugares del país, pero con especial expansión en el Alto Huallaga y el VRAE.

En 1986, luego de un año de Alan García en el gobierno, la superficie de cocales aumentó a 104 mil 925 hectáreas. Eran los años más sangrientos de la guerra interna, en sierra y ceja de selva, pero el puente aéreo entre la selva peruana y, sobre todo, Medellín, operaba al máximo de capacidad y de corrupción.

En 1990, cuando García sale y entra Fujimori al gobierno, el área de cocales ha seguido creciendo y llega a 121 mil 300 hectáreas. Dos años después, luego del golpe de Fujimori, se rompe todos los records y se llega a 129 mil 100 hectáreas de coca.

El principal cambio en esos años es el de la pérdida de hegemonía del cartel de Medellín, cuando Pablo Escobar se lanza en guerra contra Colombia, y la rápida colonización comercial de las zonas cocaleras que logra el cartel de Cali y que mantiene hasta 1995.

Ese año, pasan dos cosas de importancia capital: En Colombia se desata una ofensiva contra el cartel de Cali, que termina con sus principales capos en la prisión o el cementerio, y que desbarata su meticulosa organización comercial. Y en el Perú se inicia una operación peruano-estadounidense de interdicción del puente aéreo de la droga entre Perú y Colombia, que era entonces la forma de exportar casi toda la pasta básica producida en el Huallaga y el VRAE.

El fracaso rotundo de la erradicación manual fue sucedido por el éxito inesperado de la interdicción aérea (con derribo) y la ofensiva contra el cartel de Cali. Los vuelos se espaciaron y eventualmente cesaron. No habiendo a quién vender la coca, los precios colapsaron, la gente abandonó los cocales y estos murieron solos. En 1997 se había descendido a 68,800 hectáreas, y en 1999 a 38 mil 700, el número más bajo en hectáreas desde el inicio del boom de la cocaína en la década de 1970.

El vacío que dejó el colapso del cartel de Cali fue paulatinamente llenado por nuevos grupos de crimen organizado. Una recomposición generacional de los narcotraficantes mexicanos, que profundizaron el contubernio con los estamentos más corruptos del gobierno de ese país, les permitió crecer y constituirse en factor dominante en el narcotráfico latinoamericano.

Pero ya no hubo puente aéreo ni colonización comercial tan evidente como ocurrió con los colombianos. Por eso también, los cocales volvieron a crecer en forma más paulatina: 50 mil 300 hectáreas el 2004; 61 mil 200 el 2010.  Es decir, hoy tenemos algo menos de la mitad de cocales que había en 1992.

¿Qué ha funcionado? La combinación de dos factores:

La ofensiva estratégica contra la cabeza de las organizaciones criminales, acompañada por una acción eficaz y sostenida contra la cadena logística y las rutas de exportación del narcotráfico.

Cuanto más se aleje uno de la planta y se acerque más al dinero, mayor es el impacto y mejores los resultados en la lucha contra el narcotráfico. Así se logró una reducción sustantiva de superficie cocalera sin erradicar cocales.


 

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Publicado el Jueves 25 de agosto, 2011 a las 17:43 | RSS 2.0.
Última actualización el Viernes 26 de agosto, 2011 a las 10:53

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Web por: Frederick Corazao