Columna de reporteros

Gustavo Gorriti, director de IDL-Reporteros (Foto: Christian Osés).



Reproducción de la columna ‘Las Palabras’ publicada en la edición 2176  de la revista ‘Caretas’.


Las dudas y las pruebas

La mañana del día en que fue asesinada, 7 de octubre de 2006, la gran periodista Anna Politkóvskaya habló por teléfono con su madre, Raisa Mazepa. Esta le leyó un epígrafe que impresionó a Anna: “Hay años borrachos en la historia de los pueblos. Tienes que vivir a través de ellos, pero nunca podrás vivir verdaderamente en ellos”.

Estuve fuera del Perú durante las elecciones del domingo 10, pero las seguí a través de internet. Para mí como, me imagino, para todos aquellos que lucharon contra la dictadura de Fujimori y Montesinos, los resultados fueron profundamente decepcionantes. Otra vez la autodestructiva embriaguez se apodera de nuestra historia.

Las encuestas realizadas y filtradas en los días previos ya describían ese escenario, pero cabía aún la posibilidad de un golpe de opinión que llevara a la presencia de un candidato inequívocamente democrático en la segunda vuelta. Al final, no hubo siquiera un tic de opinión.

En esta campaña tuvimos a un líder democrático el año dos mil que tuvo vergüenza de hablar sobre la democracia y la corrupción el 2011, hasta que se vio con la soga al cuello. Y aunque dicen que nada aviva tanto la inteligencia como la sombra del cadalso, también es cierto que el público que asiste a las ejecuciones confía poco en la sinceridad de las últimas palabras.

Hubo también el exalcalde que encontró la elocuencia solo el día de su derrota para proclamar conmovido los magníficos resultados que la campaña tuvo para él como terapia familiar. Bueno, todos sabemos que las terapias no son baratas, pero creo que ni todos los sicoanalistas juntos de Beverly Hills hubieran costado tanto como este nuevo tipo de  psicoterapia que ya no es de grupo sino de país.

Y hubo también el tecnopolítico que comparte siglas con la pistola Walther, estilo de risa con el guasón y asesor con Alan García. Creció a expensas del expresidente y cuando, con el peligro a la vista, en 3D, les pidieron unir candidaturas para salvar la democracia, ninguno estuvo dispuesto.

Todos perdieron. Nosotros –los millones de peruanos que creemos que la democracia es condición vital de gobierno–, también. Ellos merecen su derrota. Nosotros, no.

Y ahora, ¿qué?

Los bribones ya celebran y veo personajes apenas dignos de un prontuario que pronto disfrutarán de inmunidad. Los penales se preparan para descargar parte de su contenido más séptico en los estamentos de la influencia y el poder.

Así que, dentro de lo malo hay que evitar lo peor.

¿Cuáles son las alternativas? Hay tres: viciar el voto, votar por Humala o votar por Fujimori.

La primera es solo una alternativa de último recurso. De manera que primero hay que resolver la disyuntiva: ¿Votar por Humala o votar por Fujimori?

Respondo con una frase de Steven Levitsky, el académico de Harvard que se encuentra este año como profesor visitante en La Católica: “Se puede tener dudas de Humala, pero de Keiko [Fujimori] tenemos pruebas”.

La Fujimori buscó presentarse como una versión gentil, democratizada y desinfectada de su padre. Pero en los tramos finales, para galvanizar a los suyos, se reveló tal cual. Su padre, dijo, había sido “el mejor presidente en la historia del Perú”. Y los fujimoristas que festejaron su pase a segunda vuelta lo entendieron perfectamente, coreando el “¡chino, chino, chino!”, hasta cuando ella pidió aplausos para su madre, Susana Higuchi.

Debo decir que no tengo nada personal contra Keiko Fujimori. Respeto su valor al quedarse en el Perú luego de la huida de su padre y respeto también su devoción filial. Sé que ella influyó en él el año dos mil para que rompa con Montesinos. Cuando se casó y mucha gente la hostigó, escribí exigiendo que se la deje en paz y le deseé ventura en su matrimonio. Ella respondió con una carta personal muy gentil. Ojalá las cosas hubieran quedado ahí.

Pero ella es ahora la dirigenta formal del fujimorismo (el real es su padre) y representa por eso a la mafia cleptócrata de los años noventa, a la que llama “el mejor gobierno de la historia del Perú”, con la misma aparente convicción con la que repetirá en la segunda vuelta que el kimono de esa yakuza es igual a la toga de Pericles.

Así que, está fuera de toda duda que, de ninguna manera, bajo ninguna circunstancia se debe votar por Fujimori. No. Y no solo eso. Hay que hacer todo lo legalmente posible para que la mafia criminal que gobernó el país en la década del noventa, no vuelva al poder ni ahora ni jamás.

¿Y qué hacer con Humala?

Como recordé la semana pasada, yo hice una activa campaña editorial el 2006, siendo codirector de La República, para que se vote en contra de Humala y a favor de García. Consideré entonces que Humala era un peligro para la democracia. Ya dije que me dejó un sabor amargo haber llamado a votar por García, pero sigo considerando que hacerlo fue, pese a todo, una decisión correcta.

¿Ha cambiado Humala en estos cinco años? A primera vista, sí. Ya no es el Humala estridente, vinculado a ese extraño fascismo andino que es el “etno-cacerismo”. La imagen que proyecta ahora no es la de Chávez ni la de Morales sino una que está en la vertiente de Lula, Dilma, Tabaré, Mujica.

¿Puede mentir Humala para llegar a la presidencia? Por supuesto. Fujimori no tiene el monopolio de la mentira. ¿Puede deshacerse de la gente respetable que lo rodea ahora unos meses después de asumir la presidencia, como lo hizo Fujimori con quienes lo acompañaron al principio? Sí, puede.

Puede hacer eso y mucho más.

Pero ¿le conviene engañar a medio mundo y dar luego el gran salto hacia atrás con un gobierno belicista y represivo de militares y milicias antauristas? ¿o le conviene hacer un gobierno como el de las izquierdas democráticas del continente sabiendo que en la coyuntura actual ese régimen sería, casi con seguridad, exitoso y pura ganancia para él como gobernante?

Si la lógica y el cálculo de costo/beneficio tienen algún peso, la segunda alternativa –la izquierda democrática– debería ser su obvia opción. Pero, si hay una convicción dogmática oculta (como la del llamado etno-cacerismo), entonces la sinrazón atropellará la lógica, la conveniencia y el beneficio. Y todos sufriremos, quizá terriblemente, antes de liberarnos de la locura.

Humala sabe que sin el voto de los peruanos identificados con la democracia, no podrá ganar. Él solo podía ganarle a Fujimori, y Fujimori solo podía ganarle a él.

Por eso, en estas semanas ambos se proclamarán más demócratas que Jefferson y Lincoln juntos, pero por lo menos uno de los dos mentirá. Y esa es Fujimori.

¿Y Humala?

Dudar de él no solo es legítimo sino necesario. Pero dudar no significa descartar.

Por lo dicho, en su caso no bastan las afirmaciones de respeto a la democracia. Se necesita garantías.

Garantías firmes. Compromisos bajo juramento público, explícitos y detallados, punto por punto, de respeto y fortalecimiento de la democracia y los derechos humanos en los cinco años de gobierno, sin reelección posible. Ese documento debería firmarse y jurarse teniendo como testigos a algunas de las personas más ilustres y respetables del país: Mario Vargas Llosa, Javier Pérez de Cuéllar, Fernando de Szsyslo, Julio Cotler.

Si eso ocurre, habría que votar por Ollanta Humala, para prevenir un peligro mucho mayor. Y si aquellos que movilizamos el país en la lucha por la democracia el año dos mil, hacemos campaña y votamos por Humala, él ganará aunque la mayoría de los medios tradicionales le haga la guerra.

Es verdad que incluso en ese escenario, hay riesgo. Las cosas pueden salir bien, o no. Pero mejor eso que darle el gobierno a la yakuza y a las versiones criollas de Capone, Luciano y Genovese.


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Publicado el Jueves 14 de abril, 2011 a las 15:04 | RSS 2.0.
Última actualización el Viernes 20 de mayo, 2011 a las 0:37

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